Durante casi veinte años Lionel Messi logró algo que parecía imposible para una figura de su dimensión: mantenerse al margen de las grandes disputas políticas internacionales. Mientras otros deportistas se pronunciaban sobre guerras, elecciones o conflictos diplomáticos, el capitán argentino eligió hablar casi exclusivamente de fútbol. Sin embargo, el recrudecimiento del conflicto entre Israel y Hamás terminó alcanzándolo. En las últimas semanas, mientras la Selección Argentina volvía a ocupar el centro de la escena deportiva, en redes sociales comenzó a viralizarse una afirmación tan contundente como difícil de demostrar: que Messi sería «sionista».
La acusación recorrió X, TikTok, Instagram y Telegram en distintos idiomas. Videos editados, fotografías antiguas y publicaciones sin contexto fueron utilizados para sostener una narrativa que rápidamente ganó millones de reproducciones. El fenómeno no dice tanto sobre Messi como sobre el tiempo que vivimos: una época en la que cualquier figura global puede convertirse en protagonista involuntaria de una disputa geopolítica.
Pero ¿de dónde surge esa asociación?
A diferencia de otros deportistas, Messi nunca expresó públicamente una posición política sobre el conflicto entre israelíes y palestinos. Tampoco se definió como sionista ni participó de organizaciones vinculadas al movimiento. Sin embargo, a lo largo de su carrera mantuvo una relación frecuente con Israel.
Con el Barcelona disputó amistosos en territorio israelí y visitó el país en varias oportunidades. También lo hizo con la Selección Argentina. En una de esas visitas recorrió el Muro Occidental de Jerusalén, uno de los lugares más sagrados del judaísmo, una imagen que fue ampliamente difundida por la prensa israelí. Además, participó de actividades solidarias con niños israelíes y palestinos organizadas por organismos internacionales y mantuvo vínculos institucionales con dirigentes deportivos del país.
Para la comunidad judía, especialmente en Israel, esas visitas fueron interpretadas como gestos de cercanía y respeto. Para sectores críticos de la política israelí, en cambio, constituyeron un elemento más para ubicarlo dentro del tablero político del conflicto. Ninguna de esas interpretaciones, sin embargo, alcanza para definir la posición ideológica del futbolista.
El episodio que marcó un punto de inflexión ocurrió en 2018. Argentina debía disputar un amistoso frente a Israel como preparación para el Mundial de Rusia. El encuentro, inicialmente previsto en Haifa, fue trasladado a Jerusalén, decisión que despertó una fuerte reacción de organizaciones palestinas, que denunciaron un intento de utilizar deportivamente un territorio en disputa. Las protestas crecieron, aparecieron amenazas y finalmente la AFA suspendió el partido. Messi nunca habló públicamente sobre aquella decisión, pero su nombre quedó definitivamente asociado a una controversia internacional que excedía al fútbol.

Desde entonces, cada viaje, cada fotografía y hasta cada silencio comenzaron a ser analizados desde una perspectiva política.
La guerra iniciada tras el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 profundizó todavía más ese fenómeno. Las redes sociales se transformaron en un escenario paralelo del conflicto. Cantantes, actores y deportistas fueron presionados para pronunciarse. Quienes apoyaban a Israel recibían críticas de sectores propalestinos; quienes respaldaban a Palestina eran cuestionados por organizaciones judías; quienes elegían el silencio tampoco escapaban a las acusaciones.
Messi quedó atrapado en esa lógica.
Paradójicamente, el rosarino nunca construyó una imagen de activista político. Su estrategia comunicacional siempre consistió en evitar posicionamientos públicos sobre temas internacionales. Sin embargo, en la era de los algoritmos el silencio dejó de interpretarse como neutralidad. Para muchos usuarios pasó a convertirse en una declaración implícita.
No es el único caso.
Mohamed Salah fue elevado por millones de personas a la categoría de símbolo de la causa palestina. Cada mensaje suyo sobre Gaza fue analizado como una intervención política. Karim Benzema recibió duras críticas en Francia después de solidarizarse con la población civil gazatí. El marroquí Noussair Mazraoui fue sancionado por su club tras publicar mensajes de apoyo a Palestina. Del otro lado, deportistas israelíes como la judoca Raz Hershko o el futbolista Manor Solomon se transformaron en representantes involuntarios del Estado de Israel, recibiendo ataques y amenazas simplemente por su nacionalidad.
La historia demuestra que el deporte hace tiempo dejó de ser un territorio neutral. Muhammad Ali desafió al gobierno estadounidense cuando se negó a combatir en Vietnam. Tommie Smith y John Carlos levantaron el puño contra el racismo en los Juegos Olímpicos de México. Diego Maradona convirtió muchas de sus apariciones públicas en declaraciones políticas. Hoy, las redes sociales aceleraron ese proceso hasta un punto extremo: ya no hace falta hablar para quedar involucrado.
El caso Messi refleja esa transformación. No existen pruebas que permitan afirmar que el capitán argentino adhiera al sionismo como corriente política. Lo que sí existe es una construcción digital que utiliza hechos reales —sus visitas a Israel, fotografías oficiales, encuentros protocolares y actividades deportivas— para elaborar una narrativa mucho más amplia.
En definitiva, el debate sobre el supuesto «Messi sionista» dice menos sobre Lionel Messi que sobre el mundo contemporáneo. Un mundo donde las identidades políticas atraviesan todos los aspectos de la vida pública y donde incluso el futbolista más reservado del planeta puede convertirse, sin proponérselo, en protagonista de una batalla cultural y geopolítica que se juega muy lejos de una cancha.