Consideremos el judaísmo como judeidad, como condición y como experiencia, no como identidad, no por privarnos de su respectiva plausibilidad, sino por la incontable diversidad de sus manifestaciones, conformadoras de distancias inconmensurables entre tradiciones y configuraciones adoptadas y sostenidas. La identidad puede ser autopercibida por tales o cuales individualidades, grupos o comunidades, pero no hay una instancia política, institucional ni dogmática que organice de modo gregario al que de todos modos recibe la denominación de pueblo judío. Aun así, el resultado es dual: hay variables identitarias y otras que las antagonizan, ambas constituyen el carácter ambivalente y heterogéneo de la condición y experiencia judías.
Condición y experiencia transversales hacia el interior y hacia el exterior de su propio devenir. La judeidad no es solo una atribución auto asumida, sino al contrario, es conferida por el Pacto, que precede a la existencia, y por la exterioridad, que no permite la “asimilación”, asimilación que también tiene dos rostros, el interior con sus dilemas y conflictividades, y el exterior, aquel que se ha mostrado irreductible con el rechazo, con promesas incumplidas, al final de un camino que llegó hasta donde nadie osa residir porque es un destino inhabitable, no solo para las víctimas sino para todo ser humano que no pretenda la extinción de la especie. Es la razón por la que nadie se reconoce como antisemita, es la razón por la que “antisemita” se impugna como injuria discriminatoria, como una nueva forma de denegación y de negacionismo. Si el régimen de discurso antisemita, como todo racismo, misoginia, homofobia y el completo repertorio de ignominias, demanda invertir la carga de la prueba, es porque compone una estructura estructurante de discurso, que por lo tanto no reside en el decir ni aun solo en la acción, sino en el tránsito sobre el piso al que le subyacen fuerzas telúricas incontenibles cuando afloran, aun siendo denegadas.
Si el sionismo y el antisemitismo se solapan hasta identificarse, es por cuanto el sionismo es judío, y porque una de las formas más antiguas del antisemitismo, tanto como fuerza persecutoria, como cuanto modalidad defensiva internalista, consiste en distinguir entre judíos “malos” y judíos “buenos”. Los fundamentos de la distinción cambian históricamente, aunque mantienen genealogías reveladoras de un régimen de producción de sentidos, pero persisten en que todo judío “malo” ya sea por razones justamente reprochables, o las que sean, o inventadas, debe ser repelido por el judío bueno, en una parodia siniestra de los antagonismos internalistas de la judeidad, trazables hasta la antigüedad más remota, sea por la violencia divina sin derramamiento de sangre que menciona esotéricamente Walter Benjamin, como por el profetismo, prolífico antagonista moral del pueblo y de su gobierno o liderazgo. La parodia es mueca mortificadora, cuyas infructuosas iniciativas para circunscribir el mal imaginario y la perfidia conspirativa terminaron como terminaron, y como no terminaron, como siguen bajo nuevas formas.
Digámoslo de manera inequívoca: los actos reprochables, las traiciones, las acumulaciones capitalistas, los crímenes contra la humanidad y hasta el asesinato serial, tal como el caso de un candidato judío enlistado entre los sospechosos del caso de Jack el destripador, solo se compadecen con una voluntad emancipadora de justicia si se deslindan del antisemitismo, si se invierte la carga de la prueba frente a la difamación, tal como sucede con todas las categorías víctimas de segregación y de violencia simbólica y material. Frente a la caracterización de antisemitismo proliferan frases denegatorias en forma masiva, así como acusaciones de crímenes que justifican entonces los tropos, las omisiones, las disparidades, la intensidad pasional inédita del odio y la extorsión moral metódica que distinga al judío malo del bueno. No alcanza con imputar al malo por sus crímenes. Tiene que intervenir el bueno, sin el cual no se consuma el régimen de discurso que tiene como fundamento el dual antagonismo entre el bien y el mal encarnado en un colectivo social a tal fin designado.
Si nos interesa profundizar la disección de la calamidad es porque nos queremos humanos, como pretendían Shakespeare, Spinoza, Marx, Kafka, Arendt, Weil o Levinas, todos autores y autoras que integrantes de sectas dogmáticas no van a leer, encerrados en los libros del canon. Todo bien con ello mientras no los lean como certificados de ancestralidad y de propiedad territorial, y mientras a los mencionados, a los identificables como judíos, no se les exija ser ellos los verdugos de los judíos malos, como se les impuso a los kapos, a los sonderkommandos o a los consejistas judíos del holocausto. Las cenizas humean y no cesan de humear, y no nos van a dejar de desvelar quién sabe hasta cuándo como humanidad, mientras asistimos en carrusel a la repetición “tan solo” fuera como amenaza, intimidación y coacción moral.
Conjeturar aquí de manera provisional la reducción de repertorio, figuras, enunciados, prejuicios e historias a dos matrices estructurantes de discurso: el Deicidio y la Solución final. Discurso como régimen de significantes, no de razones y evidencias o constataciones, sino de tramas narrativas inculpatorias, fantásticas, conspirativas, acerca de lo procedente de una agencia esencialmente pérfida, malévola desde su raíz, problemática, inasimilable. Se la puede eventualmente tolerar por algún tiempo, pero de un modo u otro habrá de ser expulsada, evitada, encerrada o contenida. Aquí el propósito no es volver sobre lo conocido, sino revisarlo a la luz de los actuales sucesos, de lo que ellos tienen de nuevo, inédito, y por lo tanto difícil de reconocer en principio.
1) Deicidio
¿Qué crimen puede haber peor que el deicidio? Crimen imprescriptible, heredable porque constitutivo de un régimen de discurso. Cuanto más se mantenga en el tiempo la continuidad identitaria, de prácticas, de memorias, de rituales y aun de asimilaciones centrífugas, más se ratificará la irreductibilidad del “problema”. Dara Horn dio palabras a una idea extensamente constatable. Hay amor hacia los judíos del pasado, hacia los muertos en contraste con los vivientes. Aquello de lo que se trata se puede afirmar respecto del pasado, de un pasado muerto. Sin embargo, el pasado también explica el presente, de modo que suceden ambas cosas antagónicas, contradictorias. Amor hacia los muertos, pero en ellos se encuentra la génesis del mal en el presente. Cada relato tiene su propia versión, su fecha de comienzo. Todas fechas eventualmente significativas que, según el caso, retroceden hasta el genocidio ancestral en Canaán. Así se accedió a la tierra prometida. Ya entonces ese colectivo errante había ocupado la Tierra mediante el exterminio de sus nativos. Es notable la facilidad con que el gran texto organizador de la existencia narrativa se convierte en historiografía. El mito poético entendido literalmente. Gran trabajo teológico político separar mito, definido, concreto, ejemplar, de historia, inaccesible, conjeturable, incierta. Si para unos, sobre todo en la luctuosa actualidad, el texto es escritura sagrada de condominio del territorio, para otros esa parte es falsa, mientras que la verdadera es la de la pérfida conquista colonial y la ocupación.
El otro aspecto decisivo del deicidio, aparte del hecho mismo, es cómo sucede: mediante una traición hacia uno de los propios. Traición además tramitada de manera venal, crematística, corrupta. El precedente plato de lentejas transmutado en los treinta denarios. Los espías enviados por Josué devenidos acto de alevosía. El deicidio es la consecuencia de un linaje obligado a la sacralidad y a la vez habituado a la adversatividad profanadora. Su mismo nombre propio significa haber luchado contra dios y hasta haberlo vencido, germen de un supremacismo, de un talante de elección auto conferida, auto sacralizada.
Para mayor tragicidad, de lo contrario no serían consideradas más que como narraciones, todo ello está inscripto en el texto canonizado compartido, de modo que no son sino historias sagradas, destinos sancionados por la naturaleza de las cosas. Descendientes de quienes no respondieron a la buena nueva, la profanan y traicionan en cada generación, lo cual queda confirmado por atribuciones de comportamientos y maldades clandestinas. El orden destinado para el trayecto terrenal de siglos impone reconocer en ese grupo minoritario el germen de todo mal, reproducido en cada nueva oportunidad. El Talmud, entonces, no puede ser, por ejemplo, un dechado de virtudes hermenéuticas pluralistas en constate debate, en el cual todas las posiciones quedan igualmente registradas para su estudio y nueva discusión en cada generación, sino un producto adversativo en el que la traición y la perfidia originarias son lo que concurre a su repetición idéntica y cada vez repudiable.
Como sabemos, para algunas tradiciones cristianas, el contumaz grupo de dura cerviz, insistente y perseverante en su imperdonable y alevoso crimen originario, sirve a la ecúmene de contra testimonio de la buena nueva. Es su otra cara de la moneda, necesaria para afirmar el Mensaje, dado que el Mensaje surgió como contrariedad para una condición sagrada que se había degradado, que había mancillado la Ley que se le había confiado. Esto había ocurrido desde hacía tanto tiempo como cada intérprete considere. En el caso extremo, estaba ya escrito desde el origen, y hasta la hora cero del cambio de Era se releen los signos que daban cuenta de ese drama. Los profetas no eran antagonistas éticos de un pueblo sino anunciadores de un tiempo nuevo que ya entonces era traicionado en cada generación. Se constituye la visión dual de un núcleo pérfido del que se desprende la chispa divina para dejar atrás el particularismo y sus contradicciones con un universalismo maltrecho, tribal, circunscripto a un código cerrado, para dejar paso a la universalización igualitaria de la ley que había sido usurpada, obligación culposa y conflictiva redimida por el amor ilimitado a todo lo existente. Tardíamente en la modernidad, y no sin precedentes virtuosos que convivieron con las persecuciones, conversiones forzadas y expulsiones, el Concilio Vaticano II determina, después de la Solución final, una paz convivencial con los Hermanos mayores.

Insistamos: el propósito aquí no es reseñar la descripción de una teología política, ni de una congregación en particular, sino el régimen de discurso que pudo haber sido transversal a muchas corrientes e instituciones, con variaciones, altibajos y recurrentes extremos de violencia. La modernidad tardía, con sus muchos perdones, rectificaciones y aproximaciones convivenciales, todo ello no sin conflictos, avances y retrocesos, sin embargo, alcanzó el estado reciente de las cosas, en el que el régimen de discurso pareció haberse debilitado, marginado, contenido. Se abrió la tregua de medio siglo, durante la cual el pasado simuló haber quedado definitivamente atrás y solo había que prevenir que lo contenido se soltara, se diseminara, irradiara su toxicidad como en tantos siglos atrás.
El régimen de discurso no es solo un conjunto de enunciados difamatorios y de narraciones, sino un designio irreductible, porque el deicidio es imprescriptible e imperdonable. No está dicho esto acerca de la teología política, aunque en algunas versiones se lo sostuviera, sino en el régimen de discurso que nos interesa aquí. El régimen de discurso se deslinda de la teología política, aunque pueda encontrar en ella genealogías o fundamentos. Sabemos que la teología política prescribe el amor y el perdón desde su origen en la hora cero. No hace falta abundar en ello. El régimen de discurso es autónomo, se lo confunde, y por eso hay que deslindarlo, pero se sostiene aquí que corre por otra vía, o aun es plausible que así suceda.
2) Solución final
Frente a tantos enunciados cristalizados en aserciones que en su solo proferimiento se eximen de todo examen analítico (“no fue un holocausto porque no fue un sacrificio por el fuego… etc. etc.”, “no solo fue contra x sino también contra a, b, c, x, z”, “no son los dueños del sufrimiento”, “no portan el salvoconducto de la inocencia esencial de la víctima”, etc. etc.) vayamos por la designación que le confirieron los perpetradores. Solución final de la cuestión judía. El aparato industrial de la muerte sirvió también para dar cuenta de otras plagas afines según Ellos, las cuales desde Nuestro punto de vista radican su afinidad en las formas concurrentes de no encajar en la norma. Si la víctima que dio motivo a la solución final era paradigmática y su erradicación prioritaria, las otras categorías se sumaban bajo un mismo modelo normativo, de orden y pureza. Pureza aria, racial, antecedida por la pureza de sangre, aquella de Castilla y Aragón, su precedente. Nuestra lengua fue un dominio privilegiado de la historia funesta del antisemitismo, aunque no ocupe centralidad en los respectivos estudios académicos sobre estos temas, como suele destacarse. No son los estudios académicos aquellos que dan cuenta por completo de los acontecimientos sociohistóricos pertinentes. “Mostrar la hilacha” es expresión castellana, como lo es “judaizar” y tantas otras marcas en la lengua, como las hay también en otras lenguas.
Es relevante mentar la Solución final porque nos exime de ese extraño narcisismo identitario, consistente en asumir las categorías de la perpetración. Ellos acuñaron una taxonomía que mantiene su vigencia como marca de sangre y sacrificio sobre quienes en la actualidad son reconocidos por ejemplo por la ley del retorno, ahora cuestionada por ambos polos de la contrariedad. Esta es una primera señal de la vigencia de la Solución final, tema que desborda estas líneas, pero es necesario relevar: la Solución final no tuvo consumación, tanto porque la ambición de su designio era planetaria y requería un dominio territorial mundial, como porque la categoría destinataria de la Solución, la raza, fue una invención del nazismo cuya existencia en sus propios términos no tiene lugar. No existe tal cosa.
El judío del antisemita no existe en ningún caso, ni racial, ni de ninguna otra índole, es imaginario, como lo sabemos o deberíamos saber, porque no lo sabemos. (No es “si no existiera se lo inventaría”, sino que no existe así, es una invención.) El antisemita tiene a su judío diseñado, narrado, del todo inventado o semi verdadero. Como toda ficción, adopta rasgos constatables del presente o del pasado. Como toda invención, crea un objeto al que se le puede trazar una genealogía, deslindar aquello que es fácticamente demostrable y diferenciarlo de lo creado, exagerado, desviado o malversado. Lo sabemos, pero no lo terminamos de saber. En primer lugar, porque el judío realmente existente es el destinatario material del estigma y de su violencia desde maledicente hasta exterminadora; transcurre todo el trayecto entre una cosa y la otra, antes o después, en realización plena o en oscura insinuación inadvertida y denegada.
De haber dominado el mundo, nunca terminaría la solución final porque habría que indagar en cada ser humano sobre su sospechable linaje, tal como en el propio desarrollo del exterminio tuvo sus tropiezos la faena. La seudo antropología nazi fue una superstición arrojada al basurero de la historia. Ahora es sustituida por un neo lombrosianismo incluso desoxirribonucleico según el cual se podrían cumplir similares propósitos clasificatorios a los que tenía el falaz saber racial nazi. De modo que frente a la ancestralidad se podrán demostrar “objetivamente” derechos territoriales o demarcar disposiciones sexoafectivas, capacitistas o adictivas, etc. De modo que tanto judeidades como las demás víctimas de la Solución final enfrentan nuevas iniciativas identificatorias. Todas ellas infructuosas, supersticiones que se diseminan en climas de hostilidad, violencia y expiación como las que vemos proliferar.
Pero la cuestión que requiere una consideración específica acerca de la vigencia de la Solución final es más radical. ¿Por qué tiene vigencia? Su ejecución no culminó, en primer lugar, porque los perpetradores fueron vencidos en la Segunda Guerra mundial. Su ejecución solo fue interrumpida por el fin de la guerra. Quienes intervinieron para salvar a las víctimas de la Solución final fueron muchas personas, heroica y abnegadamente, pero en forma individual, o en agrupaciones limitadas. No hubo ninguna movilización global contra el exterminio, y no es porque “no se supiera”. El saber documentado, fáctico, objetivable suele ser sobre aquello que sucedió en el pasado, o que sucede en un laboratorio bajo control de las variables. El sentido común está muy apegado a creer que puede juzgar lo que sucede porque lo mira, o que no puede si no ve lo que sucede. Esta es una parte del “problema” que remite a la caracterización de lo que entendemos por “real”. La visión siempre fue el medio de las revelaciones, fueran milagros o, como ahora, sucesos viralizados por medios técnicos. Los genocidios hasta ahora conocidos han sucedido o suceden en situaciones en que nadie los puede impedir fácticamente. Es un tema para estudiar. Sobre las guerras se puede intervenir en favor de una de las partes, pero el genocidio es solo factible si la parte sacrificable de la ecuación está privada de los medios para enfrentar defensivamente al perpetrador, es decir, para que lo que suceda sea una guerra, y entonces no un genocidio. En la conciencia colectiva se ha instalado que hay guerras arbitradas por unas reglas y por unos observadores que juzgan paridades, como en los deportes. Este es uno de los temas que se requiere debatir. Defender derechos humanos supone una oposición decisiva a la práctica misma de las guerras, no su reglamentación. Significa paz, no protocolos reguladores de la administración de la muerte.
¿Por qué transitar por este camino para relatar la vigencia de la Solución final? Porque se la da por historizada, memorializada y concluida, y eso no es cierto en el sentido en que se plantea. La Solución final fue una sentencia dirigida contra categorías ficcionales en el sentido con que se concibieron, pero cuyas víctimas lo fueron materialmente. Las ficciones se diseminan, se transforman, prosperan por su propia cuenta. La solución final fue el modo de liquidar la teología política deicida, como parte del proyecto de profanación radical de la condición humana, proyecto tanático especificado contra las categorías desobedientes de la norma, pero cuya eliminación depuraría también las teologías políticas en tanto constitutivas del lazo social. Lo sabemos mejor ahora, cuando vemos nuevas versiones de aquello, ahora disfrazadas con los semblantes de quienes antes fueron víctimas y ahora se incriminan como victimarios en tanto se vuelven a presentar con afines objetivos aquellas categorías ficcionales travestidas.
La interrupción experimentada por la Solución final fue ajena a su plan, y solo determinada por una correlación bélica de fuerzas, no por una renuncia, ni por un arrepentimiento, ni por un acto de justicia, ni tampoco porque se la procurara detener en sí misma, sino que se detuvo en el marco general y separado de la guerra. Fue un suceso separado de la guerra, específico. No fue un acto de justicia porque tal acto de justicia en su esbozo apenas insinuado a los fines de la magnitud y calidad de la perpetración fue posterior. No hubo detención in fraganti, y no porque se ignorara lo que sucedía. El “mundo” no detuvo el crimen contra la humanidad. Tampoco fue lo virtuosa y fluida que se relata la instauración de las categorías jurídicas internacionales que tanto se invocaron y se invocan en la actualidad, a la vez que se denuncia su caducidad desde versiones antagónicas, sea por arbitrariedades o por ineficacias, o porque en suma Nunca más parece siempre Otra vez.
Lo que aquí importa decir es que la sanción condenatoria exterminadora, tal como fue promulgada, desde el orden legal que la sostuvo, no obstante su relativa y supuesta clandestinidad, mantiene un rasgo que se suele omitir: en tanto significación, en tanto devenir performativo es irrevocable. Es irrevocable por sus propios méritos discursivos, como porque la voluntad que la promovió prosiguió su derrotero, aunque marginal, como porque la categoría ficcional que instaló fue estructura estructurante del régimen discursivo, de modo que permanece en actividad, ya sea latente, o manifiesta, o denegada, o afirmada. La propia diversidad en que la hallamos por todas partes es constitutiva también de su irrevocabilidad. Solo se la puede contener, marginar, invocar responsabilidades, judicializar (eventualmente y sin verdadera eficacia). No se la puede suprimir ni olvidar. Y recordarla, la memorialización, como tanto se ha dicho y se ha escrito, es también un sostén involuntario y aun inocente de su vigencia.
En tanto régimen de discurso, la Solución final mantiene su vigencia y su irrevocabilidad. En nuestra propia experiencia colectiva vemos cómo, mientras se inventa una versión aberrante de un inexistente y ficcional judío estereotipado, su semblante se emplea para hacerle cargo de actos de crimen social y humanitario casualmente cometidos contra las demás víctimas que en la Solución final acompañaron a la víctima paradigmática. El menú está completo, en su realización, con sus respectivas complicidades, consentimientos, encubrimientos y promesas de futuras memorias de nuevos Nunca más.
Hay que abrir nuevas agendas de discusión, debatir nuevas significaciones sobre términos objeto de difamación, ignorancia y prejuicio. Hay que bregar por la convivencia, no por la escalada de la desaparición, la deslegitimación y el exterminio de nadie, por ninguna parte, en absoluto. Amén.