Durante el Mundial de Qatar 2022 y, con mayor intensidad, en la reciente Copa del Mundo 2026, la Selección argentina dejó de ser observada solamente como un equipo de fútbol. Para una parte de la prensa internacional, de las redes sociales y hasta de ciertos dirigentes políticos e intelectuales, incluso dentro del espectro progresista, pasó a representar una nación arrogante, tramposa, incivilizada y esencialmente racista. Artículos periodísticos, notas, posteos, columnas editoriales abordan la cuestión de una nación argentina bajo una lupa muy particular, vinculada con la corrupción y hasta con un sesgo imperialista inédito en nuestra historia.
Partimos de una base que puede generar rechazo. Los cantos dirigidos contra los futbolistas franceses de ascendencia africana fueron ofensivos y racializantes. El video difundido por Enzo Fernández después de la Copa América 2024 mereció el repudio que recibió, incluido el de sus propios compañeros del Chelsea, y el jugador terminó reconociendo que el contenido era inadmisible. La euforia deportiva no constituye una excusa para la discriminación, como señaló entonces el excapitán francés Hugo Lloris.
Pero una cosa es denunciar un canto racista y otra muy distinta convertirlo en prueba de que cuarenta y seis millones de argentinos forman una comunidad intrínsecamente racista. El primer ejercicio es una crítica necesaria; el segundo reproduce el mecanismo que dice combatir, el cual atribuye a un pueblo entero una esencia moral negativa, borra su heterogeneidad y transforma conductas particulares en una identidad colectiva hereditaria.
Cuando la crítica se convierte en estigma
En el Mundial 2026, el fenómeno alcanzó una nueva dimensión. Mientras Argentina avanzaba y volvía a convertirse en el último representante latinoamericano del torneo, se multiplicaban en distintos países de la región las expresiones de apoyo a Inglaterra primero y a España después. La prensa internacional recogió como explicación la supuesta arrogancia argentina, los conflictos futbolísticos recientes y los episodios discriminatorios protagonizados por algunos hinchas.
La paradoja fue extraordinaria. Para castigar el presunto “racismo esencial” de una antigua colonia latinoamericana, algunas voces que se identifican con el progresismo, entre ellas, Yanis Varoufakis, o el actor del movimiento antirracista Samuel Jackson eligieron apoyar a dos de los principales imperios coloniales de la historia: España, potencia conquistadora de América, y el Reino Unido, responsable de un imperio extendido por Asia, África y América y ocupante de las Islas Malvinas desde 1833, aparecieron súbitamente como alternativas moralmente superiores.
En la semifinal contra Inglaterra, la reivindicación argentina de la soberanía sobre Malvinas provocó incluso un pedido británico de investigación ante la FIFA. El problema, aparentemente, no era que una potencia mantuviera bajo su control un territorio disputado a más de doce mil kilómetros de Londres, sino que los futbolistas de la nación despojada recordaran públicamente el conflicto.
Aquí aparece el núcleo neocolonial del problema. Las potencias no solamente conservaron recursos, territorios e instituciones surgidas de la expansión imperial. También mantuvieron una posición privilegiada para clasificar a los demás pueblos. Europa continúa apareciendo como el tribunal universal de los derechos humanos, incluso cuando buena parte de sus riquezas, fronteras y conflictos contemporáneos son inseparables de siglos de esclavitud y colonialismo. Las sociedades periféricas, en cambio, son presentadas como objetos de estudio antropológico. Una canción ofensiva no habla ya de quienes la cantaron, revelaría “lo que Argentina es”. Un insulto de un hincha no sería una infracción individual, sino la expresión inevitable de la historia nacional. Esa generalización difícilmente se aplica con la misma intensidad cuando hechos equivalentes ocurren en estadios europeos.
Sin entrar a justificar canticos racistas o xenófobos -practicados por la mayoría de las hinchadas de fútbol-, la cuestión es más global que particular, más sociológica que nacional, vinculada al fútbol como terreno de disputas, casi como un circo romano donde todo está permitido. Pero la historia es mucho más compleja.
Una historia mucho más compleja
Para sostener la idea de una Argentina excepcionalmente racista suele circular una narración histórica simplificada y falsa. El país habría eliminado deliberadamente a su población afrodescendiente y luego se habría inventado como una nación blanca y europea. Esa interpretación contiene debates históricos legítimos -la invisibilización de las comunidades afroargentinas, el eurocentrismo de las elites y la discriminación contra pueblos originarios y migrantes latinoamericanos-, pero se transforma en falacia cuando es utilizada como explicación de la sociedad argentina.
Retomando nuestra historia, la Asamblea del Año XIII estableció la libertad de vientres, por la cual los hijos de mujeres esclavizadas nacían libres, y avanzó contra el tráfico de personas. La abolición jurídica integral quedó consagrada en el artículo 15 de la Constitución de 1853. Fue, en cualquier caso, una decisión comparativamente temprana ya que Estados Unidos abolió la esclavitud en 1865 y Brasil recién lo hizo en 1888. España liberó esclavos en 1886 pero tuvo colonias hasta 1975, la Francia revolucionaria y posnapoleónica lo hizo en 1848 y el Reino Unido en 1838, aunque siguieron y siguen teniendo colonias bajo su esfera, pero eso no parece ser un problema para incluir una figura de análisis.
Esto no convierte automáticamente a la Argentina en una sociedad libre de racismo. Lo hay, como en todos los países. Injustificable, porque habla de ignorancia y de sesgos preexistentes que son difíciles de borrar. Ninguna ley elimina por sí sola las desigualdades sociales y culturales. Pero sí vuelve históricamente insostenible la caricatura de un país particularmente atrasado frente a potencias que conservaron la esclavitud, el segregacionismo o grandes dominios coloniales durante muchas décadas más.
La Argentina moderna, además, no puede comprenderse sin sus sucesivas migraciones. En 1914, aproximadamente el 30% de sus habitantes había nacido en el extranjero. Italianos, españoles, judíos provenientes de Europa oriental, armenios, árabes cristianos y musulmanes, franceses, británicos, alemanes, croatas, polacos y personas de muchas otras procedencias se integraron con las poblaciones originarias, afrodescendientes, criollas y latinoamericanas que ya habitaban el territorio.

Esa característica continúa, aunque con otra composición. El Censo de 2022 registró 1.933.463 personas nacidas en otro país, equivalente al 4,2% de la población residente en viviendas particulares. Actualmente, la mayor parte de la inmigración proviene de Paraguay, Bolivia, Venezuela, Perú y otros países de la región. En la actualidad, el censo nacional del INDEC identifica a más de 300.000 personas en el país con ascendencia africana
Ser una sociedad formada por migraciones tampoco inmuniza contra el racismo. En Argentina existe discriminación y persiste en algunos sectores sociales, además, una narrativa europeizante que relegó otras identidades nacionales. Sin embargo, reconocer esos problemas no obliga a aceptar la tesis opuesta y reduccionista de una Argentina uniforme, blanca y cerrada. La historia nacional es la tensión entre ambas realidades, no la confirmación absoluta de una de ellas.
El inquietante paralelismo con el antisemitismo
El antiargentinismo contemporáneo presenta un paralelismo metodológico -no una equivalencia histórica- con determinados mecanismos del antisemitismo. En ambos casos se construye un sujeto colectivo al que se atribuyen características permanentes: arrogancia, engaño, ambición desmedida, habilidad para obtener privilegios y capacidad para manipular instituciones.
En el fútbol, la idea de que “Argentina siempre es favorecida” puede llegar a funcionar como una teoría impermeable a los hechos. Una decisión arbitral favorable demostraría la existencia del privilegio; una decisión desfavorable sería apenas una excepción; y una victoria deportiva nunca sería el resultado del talento o del trabajo, sino de una maniobra oculta. Se configura así una acusación circular que no puede ser refutada.
Algo parecido ocurre cuando cada argentino debe responder personalmente por una canción, una expresión discriminatoria o un acontecimiento histórico ocurrido dentro del país. La responsabilidad deja de ser individual y pasa a ser colectiva. Este mismo procedimiento ha sido históricamente utilizado contra los judíos quienes deben exigir a cada integrante de una comunidad que se distancie de las acciones reales o supuestas de cualquier otro miembro para demostrar que merece ser aceptado. Lo comparable no es la gravedad, sino la estructura del prejuicio basado en la esencialización, doble estándar, culpabilidad colectiva y transformación de cualquier hecho en confirmación de una identidad previamente condenada.
La izquierda frente a su propio espejo colonial
La reacción de ciertos referentes progresistas merece una crítica particular. Una izquierda que analiza el mundo exclusivamente mediante categorías raciales importadas de Estados Unidos corre el riesgo de perder de vista la historia del colonialismo y la dependencia latinoamericana.
La composición étnica de un seleccionado europeo no transforma retrospectivamente a su Estado en una excolonia. Que Francia presente futbolistas de ascendencia africana no borra la colonización de Argelia, Senegal, Camerún, Vietnam o Haití, ni las intervenciones francesas contemporáneas en África. Los jugadores franceses son plenamente franceses y cualquier cuestionamiento de su nacionalidad por el color de su piel es racista. Pero de allí no se desprende que el Estado francés pueda ser presentado como una expresión política del Tercer Mundo frente a la Argentina.
Confundir la diversidad racial interna de una potencia con la posición de ese país en el sistema internacional conduce a resultados absurdos. Bajo esa lógica, una antigua colonia sudamericana se convertiría en “opresora” por presentar un equipo fenotípicamente más blanco, mientras una potencia nuclear con territorios de ultramar, empresas multinacionales y una extensa historia imperial pasaría a representar a los pueblos colonizados por contar con descendientes de aquellas colonias en su selección.
Es una lectura que sustituye las relaciones económicas, militares y geopolíticas por una fotografía de los jugadores. El colonialismo deja de ser un sistema de dominación y se transforma en una cuestión cromática.
Algo similar ocurrió frente a España. Preferir deportivamente al equipo español es perfectamente legítimo. Lo cuestionable es revestir esa preferencia de superioridad anticolonial y presentar a España como el bando moralmente bueno contra una sociedad latinoamericana. Si una parte de América Latina necesita convertir a la antigua metrópoli en sujeto emancipador para expresar su rechazo a Argentina, entonces ha internalizado más profundamente de lo que admite la mirada del colonizador. Y visto en sectores progresistas, es moralmente cuestionable.
Ni inocencia nacional ni tribunal imperial
Defender a la Argentina frente al antiargentinismo no significa construir una inocencia nacional ficticia. El racismo existe en el país y debe ser enfrentado. La invisibilización afroargentina, la discriminación contra comunidades indígenas, la xenofobia hacia migrantes regionales y el uso clasista de determinadas categorías raciales forman parte de nuestra realidad.
Pero el antirracismo pierde su sentido emancipador cuando se convierte en una herramienta para rehabilitar las jerarquías coloniales. No existe justicia en reemplazar un prejuicio por otro. Los últimos mundiales mostraron que el fútbol sigue siendo un espacio donde se discuten identidades nacionales, memorias coloniales y relaciones de poder. Argentina genera rechazo porque gana, porque incomoda, porque su celebración es ruidosa y porque no responde enteramente al estereotipo de periferia dócil que espera ser reconocida por Europa.
La discusión verdaderamente anticolonial no consiste en afirmar que Argentina carece de racismo. Consiste en negar que las potencias que organizaron la esclavitud, el colonialismo y la división internacional desigual del trabajo posean un monopolio moral para definir qué pueblos son civilizados.
La camiseta argentina no absuelve a nadie de sus actos. Pero tampoco puede transformarse en una marca de culpabilidad colectiva. Entre la autocomplacencia nacional y el tribunal imperial existe un tercer camino basado en reconocer nuestras contradicciones, combatir nuestras injusticias y negarnos, al mismo tiempo, a aceptar que otros escriban desde afuera una versión degradada y esencialista de lo que somos.