Gueto de Vilna. Represión, exterminio y expresión cultural

La historia del Gueto de Vilna suele recordarse por la persecución y el exterminio de su población judía. Sin embargo, entre 1941 y 1943 también fue escenario de una de las experiencias más notables de resistencia cultural durante la Shoá. Escuelas, bibliotecas, teatros, conciertos, poesía y canciones convivieron con el hambre, las deportaciones y la muerte. Este artículo reconstruye cómo la preservación de la cultura se convirtió en una forma de defender la identidad, la memoria y la dignidad humana frente al proyecto nazi de aniquilación.
Por Luis Morguestern Koremblit

En junio de 1941, las tropas alemanas ocuparon Vilna, uno de los principales centros culturales e intelectuales del judaísmo europeo, conocida como la «Jerusalén de Lituania». A comienzos de julio, los nazis trasladaron a un grupo de hombres judíos al cercano bosque de Ponary, donde fueron asesinados. Aquellas ejecuciones marcaron el inicio de una campaña de exterminio que se prolongaría durante los meses siguientes.

En septiembre de ese año, los cerca de 40.000 judíos que aún permanecían en la ciudad fueron confinados en dos guetos establecidos en el antiguo barrio judío. El Gueto Grande concentró a la población considerada apta para el trabajo, mientras que el Gueto Pequeño fue liquidado pocas semanas después. Como ocurrió en otros guetos creados por el régimen nazi, el hacinamiento, el hambre y las enfermedades marcaron la vida cotidiana de sus habitantes.

En octubre de 1941, unidades de los Einsatzgruppen, con la colaboración de auxiliares lituanos, exterminaron a la población del Gueto Pequeño en Ponary. La prisión de Lukiszki funcionó como centro de detención antes de los fusilamientos. Hacia fines de ese año, cerca de 40.000 judíos habían sido asesinados en ese lugar. Mientras tanto, los habitantes del Gueto Grande eran obligados a realizar trabajos forzados en fábricas y obras de construcción fuera del perímetro del gueto.

A pesar de esas condiciones extremas, el Gueto de Vilna desarrolló una intensa vida cultural, intelectual y artística que constituyó una de las expresiones más notables de resistencia espiritual durante la Shoá. Aquella vitalidad no surgió de la nada. Antes de la guerra, Vilna había sido durante siglos un importante centro de las artes, el teatro, la edición y el pensamiento judíos. Allí también se fundó en 1897 el Bund, uno de los movimientos socialistas judíos más influyentes de Europa, cuya tradición política encontró continuidad en la actividad clandestina de la Fareynikte Partizaner Organizatsye (FPO), encabezada por Abba Kovner.

Lejos de resignarse a la deshumanización impuesta por el ocupante, los habitantes del gueto sostuvieron escuelas laicas y religiosas, orfanatos, una biblioteca pública de extraordinaria riqueza y una escuela de música con más de un centenar de alumnos. También organizaron una orquesta sinfónica, conjuntos de cámara y coros en ídish y hebreo. Mantener en funcionamiento esas instituciones significó mucho más que preservar actividades culturales: fue una forma de afirmar la identidad colectiva frente a un régimen que buscaba destruir no sólo a las personas, sino también su memoria y su legado.

Teatro y música

A pesar del encierro, el hambre y el terror, el Gueto de Vilna desarrolló una intensa vida cultural que constituyó una forma de resistencia espiritual. Entre 1941 y 1943 funcionaron una orquesta sinfónica, grupos de cámara, coros en ídish y hebreo, una escuela de música, bibliotecas, escuelas y diversas instituciones educativas y artísticas. En un contexto en el que los nazis pretendían destruir no sólo a la población judía sino también su patrimonio cultural, cada una de esas actividades representó una afirmación de identidad y de dignidad humana.

La tradición teatral de Vilna, una de las más prestigiosas del mundo judío europeo antes de la guerra, continuó dentro del gueto. En enero de 1942 se inauguró el primer teatro, ubicado en la calle Konska, donde encontraron trabajo escritores, actores, músicos y poetas que habían quedado confinados tras la ocupación alemana. Sus espectáculos combinaban teatro, poesía, sátira y revistas musicales inspiradas en la realidad cotidiana del gueto. Entre las obras más recordadas figuraban Peshe fun Reshe y Moyshe Halt Zikh («Moishe, resiste»), escritas por autores como Kasriel Broydo, Leyb Rozental y Misha Veksler. También funcionó un segundo teatro, más pequeño, en la calle Rudnicka.

La actividad musical alcanzó un desarrollo igualmente notable. En diciembre de 1941 comenzó a organizarse una pequeña orquesta que, bajo la dirección de Jacob Gerstein —mencionado en otras fuentes como Yaakov Guershteyn— ofreció su primer concierto el 18 de enero de 1942. El programa constituyó un homenaje a las víctimas asesinadas en Ponary e incluyó obras de Chopin, poemas de Jaim Najman Bialik y la actuación de la soprano Lyube Levitski. La recaudación fue destinada a las obras de asistencia social del gueto.

Alrededor de la orquesta se desarrolló una intensa actividad musical. Funcionaba una escuela donde se enseñaban piano, violín, canto y teoría musical; un coro hebreo impulsado por Brit Ivrit, dedicado al repertorio bíblico, pionero y jasídico; un coro en ídish dirigido por Abraham Slep, acompañado por una orquesta, y otro especializado en música litúrgica. En total, la orquesta ofreció treinta y cinco conciertos de música clásica, demostrando que la creación artística seguía siendo posible incluso en las condiciones más extremas.

La creación del teatro provocó un intenso debate dentro del gueto. Para muchos resultaba inconcebible organizar espectáculos mientras la comunidad era exterminada. Sin embargo, otros sostenían que esas actividades contribuían a preservar la fortaleza moral de la población. Finalmente, el teatro terminó convirtiéndose en uno de los principales espacios de encuentro de la comunidad y en un ámbito donde el dolor, la esperanza y la resistencia podían expresarse mediante el arte.

Entre las expresiones más extraordinarias de resistencia cultural sobresalió la Brigada de Papel (Papier Brigade), integrada por intelectuales, bibliotecarios, escritores y archivistas que arriesgaron sus vidas para rescatar miles de libros, manuscritos y documentos históricos destinados a ser destruidos o enviados a Alemania por los nazis. Ocultaron ese patrimonio en distintos lugares del gueto y, en algunos casos, fuera de él, permitiendo que una parte fundamental de la herencia cultural del judaísmo lituano sobreviviera a la guerra.

Policía nazi lituano con prisioneros judíos, julio de 1941.

Su tarea simbolizó uno de los rasgos más originales del Gueto de Vilna: la convicción de que salvar un libro podía ser tan importante como salvar una vida, porque significaba preservar la memoria de un pueblo cuya existencia los nazis intentaban borrar de la historia.

Las canciones del Gueto de Vilna

La música ocupó un lugar singular dentro de la vida cultural del gueto. Las canciones no sólo acompañaban las representaciones teatrales y los conciertos: se convirtieron en una forma de transmitir experiencias, fortalecer la identidad colectiva y preservar la memoria de una comunidad sometida al exterminio.

Muchas de sus letras describían la vida cotidiana dentro del gueto: las masacres de Ponary, los permisos de trabajo, las separaciones familiares, el hambre, el miedo y la incertidumbre. Otras recurrían al humor y a la sátira para enfrentar la desesperación, mientras que numerosas composiciones encontraban inspiración en la Biblia y en la historia del pueblo judío, estableciendo un vínculo entre el sufrimiento presente y una memoria colectiva marcada por persecuciones y exilios.

La canción más representativa fue Zog nit keynmol az du geyst dem letstn veg («Nunca digas que recorres el último camino»), escrita por el joven poeta y partisano Hirsh Glik. Su difusión fue inmediata y pronto comenzó a cantarse en otros guetos, entre los partisanos y, posteriormente, en los campos de concentración. Con el tiempo se transformó en uno de los himnos más emblemáticos de la resistencia judía durante la Shoá. Junto a ella alcanzaron gran reconocimiento las composiciones de Avraham Sutzkever y Shmerke Kaczerginski, cuyas obras reflejaban tanto la tragedia como la esperanza de supervivencia.

Tras la guerra, Kaczerginski reunió buena parte de ese patrimonio musical y publicó la antología Lider fun di guetos un laguern (Canciones de los guetos y los campos), gracias a la cual numerosas composiciones pudieron preservarse y continúan interpretándose en ceremonias de recordación de la Shoá en Israel y en comunidades judías de distintos países.

Cultura y resistencia

La intensa actividad cultural del Gueto de Vilna no estuvo exenta de controversias. Diversas organizaciones políticas y religiosas, entre ellas el Bund, cuestionaron inicialmente la realización de espectáculos teatrales mientras la población era asesinada. En los primeros meses llegaron a distribuir volantes con una consigna que sintetizaba ese sentimiento: «No se deben realizar representaciones teatrales en los cementerios».

Uno de los críticos más severos fue el bibliotecario e intelectual Hermann Kruk, autor de un valioso diario sobre la vida en el gueto. Sin embargo, con el paso del tiempo, el propio Kruk reconoció que el teatro y la música desempeñaban un papel fundamental para sostener la moral de la población. El 8 de marzo de 1942 escribió: «El pulso de la vida comienza a latir de nuevo en el gueto de Vilna… Los conciertos, que en un principio fueron boicoteados, han sido bien recibidos por el público; las salas están llenas.»

Esa reflexión resume el significado que adquirieron las actividades culturales dentro del gueto. Los habitantes no asistían al teatro o a los conciertos para olvidar la tragedia, sino para reafirmar su condición humana frente a un régimen que pretendía despojarlos de toda identidad. La resistencia no se expresó únicamente en la lucha armada organizada por la Fareynikte Partizaner Organizatsye (FPO), sino también en la decisión cotidiana de seguir enseñando, escribiendo, cantando y creando

La liquidación del gueto

El 15 de enero de 1943, el Consejo Judío organizó un concierto para celebrar los logros culturales alcanzados en el gueto. Durante ese acto, Jacob Gens expresó una idea que resumía el espíritu de aquellas iniciativas: «Queríamos darles a las personas la oportunidad de liberarse del gueto por unas horas, y lo logramos… Nuestros cuerpos están en el gueto, pero nuestro espíritu no ha sido esclavizado…»

Durante varios meses, entre la primavera de 1942 y la primavera de 1943, no se produjeron grandes acciones de exterminio en Vilna. Esa relativa calma alimentó la esperanza de que el trabajo forzado pudiera garantizar, aunque fuera temporalmente, la supervivencia de parte de la población judía. Sin embargo, aquella expectativa resultó efímera.

El 23 de septiembre de 1943, las autoridades nazis ordenaron la liquidación definitiva del Gueto de Vilna. Los últimos sobrevivientes fueron asesinados o deportados a campos de concentración y de trabajo. Los hombres considerados aptos para trabajar fueron enviados principalmente a Estonia y las mujeres a campos establecidos en Letonia. Cuando el Ejército Rojo liberó la ciudad, en julio de 1944, apenas sobrevivían unos pocos cientos de judíos. Algunos integrantes de la FPO lograron escapar hacia los bosques y continuaron la lucha junto a las unidades partisanas.

La destrucción del gueto no significó la desaparición de su legado. Los libros rescatados por la Brigada de Papel, los diarios de Hermann Kruk, la poesía de Avraham Sutzkever, las canciones recopiladas por Shmerke Kaczerginski y el himno de Hirsh Glik sobrevivieron a quienes los crearon y permitieron preservar la memoria de una de las comunidades judías más importantes de Europa oriental.

La historia del Gueto de Vilna demuestra que la resistencia durante la Shoá adoptó múltiples formas. Junto a quienes empuñaron las armas, hubo maestros que continuaron enseñando, bibliotecarios que ocultaron manuscritos, actores que siguieron subiendo a escena, músicos que transformaron el dolor en canciones y escritores que dejaron testimonio de un mundo que los nazis intentaron destruir.

Por ello, el Gueto de Vilna ocupa un lugar singular en la historia del Holocausto. Su legado no reside únicamente en la resistencia armada, sino también en la defensa de la cultura, la educación y la memoria como formas de afirmar la dignidad humana frente al exterminio.

Foto de portada: Policías judíos y lituanos custodian la entrada al gueto de Vilna

Fuentes:

https://encyclopedia.ushmm.org/content/es/article/vilna

https://wwv.yadvashem.org/yv/es/exhibitions/music/vilna-ghetto.asp

https://holocaustmusic.ort.org/places/ghettos/vilna