¿La memoria de la Shoah bajo sospecha después de los crímenes de guerra en Gaza?

La devastación de Gaza ha abierto un debate impensado hasta hace pocos años: si la memoria de la Shoah sigue siendo un imperativo ético universal o si ha quedado subordinada a las lógicas de la guerra y la razón de Estado. Desde Jerusalén, Leonardo Senkman analiza ese dilema a partir de las voces de intelectuales y organizaciones israelíes que cuestionan los crímenes cometidos en Gaza y reclaman una profunda revisión moral.
Por Leonardo Senkman, desde Jerusalén

Desde hace tres años, las guerras en Medio Oriente están cambiando el ecosistema mediático sobre genocidio, al extremo que también estudiantes de la memoria y la historia de la Shoah formulan preguntas perturbadoras al compararlas con ellas.

Una perturbación similar experimentó el historiador israelí-estadounidense Omer Bartov al reconocer que no puede enseñar Historia y Memoria de la Shoah como antes del 7/10 sin marcar diferencias y analogías. Pese a tipificar como «crimen de guerra y crimen de lesa humanidad» el perpetrado por Hamás, subleva a Bartov que la mayoría de la población israelí siga siendo indiferente y aún justifique las prácticas genocidas de Tzahal durante las represalias en Gaza:

Para gran parte de la población israelí durante todos estos meses, parecía que, debido al ataque del 7 de octubre, el único culpable de la hambruna, la destrucción total de Gaza y la muerte de un gran número de personas era Hamás. Y esa es una dinámica típica en este tipo de situaciones. Por lo general, las organizaciones que perpetran genocidios —y la población que las apoya— ven a sus víctimas como los principales responsables.

Sin embargo, a diferencia de otros académicos que condenan en bloque a Israel en Gaza, Omer Bartov destaca la valentía de dos ONG de derechos humanos de su sociedad civil, que no permiten olvidar a sus compatriotas lo que pasa en Gaza, tal como señaló en una entrevista para ECPS:

Es importante destacar que tanto el informe de Be’Tzelem como de Médicos por los Derechos Humanos en Israel son ONG israelíes. Y es la primera vez que ONG israelíes, integradas por médicos, académicos y juristas israelíes, afirman abiertamente, con abundante evidencia, que lo que están presenciando es un genocidio. Esto es sumamente importante, porque surge desde dentro de la propia sociedad israelí.

Por el contrario, casi todas las condenas a Israel de colegas de Bartov hacen caso omiso de voces críticas de numerosas ONG (y no solo ambas recordadas) o silencian denuncias valientes desde la sociedad civil para salir al cruce a la campaña de olvido orquestada por el gobierno ultraderechista de Netanyahu. Es que la inmensa mayoría de denuncias anti-israelíes se apresuran hoy a alinearse tras la guerra de posiciones a escala global que opone una narrativa demonizadora a otra amnésica.

La guerra de narrativas cumple un rol crucial en guerras asimétricas e híbridas que asolan a la población civil en Medio Oriente, exacerbando las amenazas mortales de ambos contendientes. La guerra de narrativas, por un lado, hace más plausible la reiterada condena de la revolución islámica iraní y de su proxy Hamás para borrar del mapa a Israel; por el otro, hace más plausible cumplir con el designio liquidacionista, tanto de Tzahal en Gaza como por parte de la amenazadora alianza militar de Estados Unidos e Israel de destruir el régimen de los ayatolas. No olvidemos que han sido recíprocos amagos de ejecutar amenazas contra la vida de civiles en ambos pueblos los que dieron origen a las presentes guerras asimétricas e híbridas.

La masacre genocida del 7/10/23 perpetrada por Hamás contra civiles israelíes fue respondida, a su vez, con la guerra asimétrica lanzada por Israel mediante crímenes de lesa humanidad en Gaza. Desde hace cinco meses sigue siendo población civil la que sufre los estragos de una guerra híbrida de multinivel en varios frentes lanzada por Irán para responder al magnicidio cometido por EE. UU. e Israel a fines de febrero de este año.

Se trata de una guerra híbrida que va adquiriendo diferentes modalidades operativas de guerra permanente de baja intensidad: guerra misilística, guerra de desgaste y ataques de guerrillascon picos de alta tensión y normalizada. Beligerancia que combina coerción económica, control de estrechos marítimos estratégicos, violencia encubierta, manipulación informativa y negociación diplomática: todo sin la declaración de guerra total.

Esta guerra híbrida impone nuevas estrategias de dominación geopolítica en el actual período de transición histórica de la hegemonía mundial que redefine a las fronteras mismas de la guerra convencional en Medio Oriente; es un escenario bélico permanente que recluta como armas disuasorias desde la economía energética mundial hasta el flujo digital incesante.

Peligrosamente, tal hibridez belicista va acompañada de cascadas de desinformación contradictoria en redes algorítmicas que se proponen saturarnos con propaganda; los usuarios hoy quedan atrapados en la «slopaganda» que erosiona la realidad ya que, precisamente, su razón de ser, según el historiador Ian Garner, es disolverla. Slopaganda fusiona las palabras anglosajonas AI slop («bazofia» automatizada) y propaganda generada con IA para desgastar la capacidad crítica del usuario.

Guerras híbridas: ¿rehabilitación de Ahmadinejad?

A nivel regional, la anterior guerra híbrida se libraba mediante una estrategia de contención indirecta de la República Islámica, en la cual Israel desempeñó un papel central mediante ataques selectivos contra objetivos iraníes y sus proxis en Siria, Líbano, Yemen, además de Gaza y Cisjordania.

Pero hoy la híbrida confrontación armada se está librando, principalmente, a través de terceros en teatros de operaciones regionales contra bases militares de EE. UU., también contra infraestructura civil en Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Baréin, Omán, Arabia Saudita, además de Jordania, Yemen e Irak. No sorprende que actores proxy de Irán sean sistemáticamente presentados por los medios internacionales en la actual guerra subsidiaria como meros instrumentos de Teherán, invisibilizando sus raíces locales, su dimensión política, su autonomía y su capacidad de agencia.

Ambas, la guerra asimétrica y la guerra híbrida, plantean interrogantes fundamentales en un marco de supuesta igualación de las relaciones entre Estados y organizaciones no estatales fundamentalistas armadas.

Ahora bien, la amenaza de destruir a Israel no es solo desinformación propalada por la slopaganda en la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán: desde 1979, la Revolución Islámica ha jurado destruir Israel y ha convertido ese compromiso en uno de sus pilares doctrinarios fundamentales, tal como aparece también en la doctrina de guerra santa yihad de Hamás. Pero, increíblemente, desde hace un tiempo esa intención genocida antisionista de Irán está siendo puesta en duda. Una vez más, los entresijos del Medio Oriente deberían dejar de sorprendernos. Acaba de difundirse la noticia —¡de fuente israelí!— de que, poco antes del 7/10, el Mosad habría negociado, junto con rebeldes kurdos en Irak, un complot para derribar a la cúpula de los ayatolas, nada menos que con Mahmud Ahmadinejad. Ahmadinejad, ex presidente de Irán entre 2005 y 2013, reconocido históricamente por su discurso negacionista: calificaba de «mito» o «mentira» el Holocausto y prometía recurrentemente que Israel sería «eliminado» o «borrado del mapa».

Luego del fracasado ataque de la alianza Israel-EE. UU. para derrocar al régimen de la República Islámica, se destapan, como de una caja de Pandora, tramas y enredos que revelan que, con ayuda del Mosad, Ahmadinejad logró escapar de su arresto domiciliario luego del asesinato de Alí Jameneí. Quien hasta ayer era un sanguinario ideólogo decidido a liquidar a «la entidad sionista» aparece ahora, según el Mosad, como el futuro presidente de la República Islámica de Irán. Mijael Hauzer Tov escribió en Ha’aretz que, según ese presunto complot, el mismo Ahmadinejad habría aceptado colaborar con el Mosad y con rebeldes kurdos para derrocar a Alí Jamenei y poner fin al programa nuclear iraní.

¿Cuál de ambas narrativas es menos falsa? Porque, en la slopaganda, nada es enteramente verdadero ni completamente falso. Si los ayatolas impulsan el proyecto nuclear movidos por el designio de destruir al Estado judío, ¿cómo explicar que el Mosad presente a Ahmadinejad como un aliado dispuesto a desmantelarlo? Y si, por el contrario, esa amenaza existencial ha sido exagerada, ¿no significa ello que el Mosad y Netanyahu han engañado a los judíos de Israel y de la diáspora para justificar sus designios de «guerra total»?  

Seamos honestos: reconozcamos que ninguna de estas cuestiones presentadas como «de vida o muerte» desvelan a los israelíes. Sin embargo, desvelan a algunos pocos hijos y nietos de asesinados durante la Shoah; pocos, pero muy significativos, confrontan dilemas morales como descendientes de víctimas de genocidio judío.

Durante muchos meses, los dilemas morales de quienes reconocían los crímenes en Gaza eran neutralizados por la doctrina de la seguridad nacional en un Medio Oriente donde los contendientes imponen la logística del cerco, devenida en la única lógica de la guerra híbrida.

La normalización de las relaciones entre varios países árabes e Israel, impulsada por los Acuerdos de Abraham, reforzó la lógica de cerco estratégico contra Irán, integrando a países del Golfo Pérsico en un sistema regional de seguridad orientado, en gran medida, a la contención del régimen de los ayatolas. Pero esa lógica de cerco estratégico anti-Irán tiene una contraparte siempre puesta en duda cuando es Israel la que necesita defenderse por estar cercada. Desde 1979, la Revolución Islámica amenaza permanentemente mediante un cerco de organizaciones proxy no estatales para destruir al «régimen sionista»: Hezbolá en el Líbano, Hamás en Gaza y los hutíes en Yemen son sus ejemplos más notorios.

En la actual guerra asimétrica e híbrida, la batalla desinformativa y las falsedades de la slopaganda han incorporado el riesgo de exterminio al arsenal retórico de ambas narrativas bélicas, propagándolo a través de los medios de comunicación y las redes sociales.

Pero la escandalosa «rehabilitación» israelí de Ahmadinejad, ¿ayudará tal vez a desmitificar la hasta ahora indiscutida «amenaza existencial» que representaría Irán para Israel? La opinión pública, contaminada por la producción de noticias contradictorias, aun no reacciona ante esta insólita rehabilitación de un enemigo icónico del Estado judío. En un panorama mediático tan saturado, mucho me temo que la supuesta cooptación de Ahmadinejad por los servicios secretos israelíes tampoco será un scoop en los medios, como tampoco fueron grandes primicias los crímenes de guerra silenciados por la censura.

Ahora bien, más allá del debate internacional acerca de si Tzahal está cometiendo genocidio o crímenes de guerra, los medios prefieren ignorar los reclamos de sectores de la sociedad civil israelí que intentan impulsar los primeros embriones de comisiones de verdad y de mecanismos de justicia transicional.

Los intelectuales críticos de la sociedad civil y el imperativo ético del judaísmo

B’Tselem (Centro de Información Israelí para los Derechos Humanos en los Territorios Ocupados) y otras ONG de derechos humanos, como Standing Together o Adalah, son más escuchadas fuera que dentro de Israel, pero signos recientes permiten albergar la esperanza de que sus denuncias empiecen a influir en la toma de conciencia moral dentro de la sociedad civil.

El nuevo informe publicado por B’Tselem responsabiliza a las fuerzas israelíes por la muerte de niños y adolescentes palestinos en Cisjordania durante 2025, además de los muertos en Gaza. Avigdor Feldman, abogado de derechos humanos y periodista en Ha’aretz, denuncia, impactado, que, «de los 227 palestinos asesinados el año pasado en Cisjordania por fuerzas de seguridad y colonos, 54 eran niños y adolescentes, desde un bebé de dos años hasta un joven de 17. Y del total de 1086 palestinos muertos en Cisjordania desde el 7 de octubre 2023 al 28 de junio 2026, 241 de ellos eran niños y adolescentes».

Este tipo de denuncias puntuales y de notas en los medios israelíes (como el reciente editorial de Ha’aretz, «Basta de matar niños») parece resultar más eficaz a la hora de perturbar y provocar un repudio instantáneo que las tediosas discusiones legales y académicas sobre un genocidio generalizado. Ejemplo sintomático de ello es el juicio reflexivo en la respuesta inmediata de un lector a la denuncia de Feldman en base al Informe de B’tselem:

No podemos vivir con esto. No se trata solo de la inimaginable pérdida de las víctimas del sionismo. Es el suicidio de la cultura judía misma, así como los alemanes se perdieron al conocer el Holocausto judío. El judaísmo se ha terminado.

Tal juicio ético que confronta los crímenes durante la guerra asimétrica y la memoria de la Shoah es enunciado por valientes intelectuales y lúcidos historiadores, no solo por B’Tselem o Breaking the Silence, una organización de veteranos del ejército que recopila testimonios sobre las operaciones militares.

Una iniciativa impactante es la de Lee Mordechai, del departamento de Historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén, que no está basada solamente en la memoria de la Shoah, sino en un imperativo ético universal. El profesor Mordechai viene elaborando un banco de datos relativos a crímenes de guerra en Gaza desde enero de 2024 hasta la fecha, a través de un proyecto suyo, llamado significativamente «Testimonio». Su iniciativa recopila sistemáticamente testimonios, informes de prensa y otras pruebas de violencia ejercida contra la población civil, con el objetivo de preservar un archivo fidedigno de lo que él denomina «genocidio en curso». Entrevistado por Ha’aretz, explicó cómo la indiferencia institucional —incluida la académica—, el silencio mediático y la normalización social permiten que las atrocidades continúen impunes:

Yo, Lee Mordechai, historiador que trabaja en una universidad israelí y ciudadano israelí, lo redacté utilizando mi experiencia profesional como historiador y por la obligación moral de examinar y documentar los acontecimientos. Basándome en mi experiencia en la realización de investigaciones rigurosas y análisis críticos de fuentes, emprendí este trabajo tanto como ciudadano obligado a responder a las acciones de su gobierno como académico comprometido con la defensa de los derechos humanos y los principios éticos. Este documento fue escrito en la convicción de que el silencio ante la injusticia es inaceptable. En un contexto donde las voces de protesta son escasas, este documento pretende dar testimonio del inmenso sufrimiento que se vive sobre el terreno y ofrecer, en la medida de mis posibilidades, un relato transparente y basado en pruebas de lo que está sucediendo. Este documento refleja mi convicción acerca de la necesidad de combinar una investigación rigurosa con la responsabilidad moral de actuar ante acontecimientos que tienen profundas implicaciones para el presente y el futuro en la región comprendida entre el Jordán y el mar.

Ojalá resulte esperanzador un proyecto como Testimonio de Lee Mordechai y se sumen nuevos, que influyan en otros ciudadanos a fin de dar comienzo a un impostergable proceso de apertura de justicia transicional en Israel. Este enfoque especial de justicia se ha desarrollado en numerosos países latinoamericanos y africanos que experimentaron graves violaciones de los derechos humanos durante procesos de transición desde conflictos armados o regímenes dictatoriales hacia la democracia y la no beligerancia.

Pero en Israel aún estamos lejos de la justicia transicional. La mayoría de los israelíes críticos confronta las violaciones de los derechos humanos y los crímenes de guerra en Gaza no desde una ética de la empatía universal, sino desde el legado de la Shoah, erigido en un imperativo moral.Su memoria actúa de alter ego colectivo para aquellos israelíes que aun exigen vigilancia constante, evitando la deshumanización del otro. La Shoah, sin embargo, logró ser transformada en el deber de «Nunca Más», la garantía ética solo para el pueblo judío sobreviviente en Israel y en la diáspora

Sin embargo, cada vez son menos los Lee Mordechai para quienes el genocidio judío también tiene que convertirse en un deber de memoria universal para la protección de toda vida humana, empezando por que los israelíes reconozcan las vidas destruidas de sus vecinos palestinos civiles y para que dejen de asociarlos prejuiciosamente solo con los terroristas de Hamás.

Lamentablemente, hace mucho tiempo que el nacionalismo mesiánico israelí expropió el «Nunca Más», convirtiéndolo en un deber de memoria exclusivo para los judíos. En palabras del escritor Yishai Sarid, esa pretensión de exclusividad forma parte de un judaísmo que ha sido completamente apropiado y desnaturalizado por la ultraderecha kahanista. Dos días antes del 7/10, en pleno fragor de la protesta de la sociedad civil en las calles contra la reforma judicial anti-democrática de Netanyahu, Yishai Sarid advertía en Ha’aretz: «El judaísmo se enfrenta a una amenaza existencial tan grave como la democracia amenazada». En su dramático llamado, el escritor convocaba al pueblo a «rescatar al judaísmo de las manos de quienes lo profanan», argumentando que las posturas nacionalistas extremistas “están apoderándose de la religión, distorsionando sus valores morales e históricos. Es nuestro deber salvar al judaísmo antes de que sea mancillado por un crimen imperdonable. No solo la democracia nos clama por su salvación, sino también el judaísmo”.

Pero me temo que, a estas alturas, ya no baste invocar el legado humanista del judaísmo como imperativo ético para que la sociedad civil israelí repudie los crímenes cometidos en nombre de la «razón de Estado» que inspira al nacionalismo israelí. Desde la temprana expropiación del sionismo judío por el Estado de Israel y la culminación de la apropiación del judaísmo por parte de rabinos mesiánicos fascistas, el horizonte moral de sobrevivientes y descendientes reaccionan de modo totalmente etnocéntrico y militarizado ante la violación de derechos humanos.

Necesidad de crear Comisiones de Verdad y Justicia en la sociedad civil

Ahora bien, la mayoría olvida que, históricamente, el etnocentrismo no ha sido patrimonio exclusivo del nacionalismo religioso y de las guerras de religión. También fue patrimonio del estado liberal y de monarquías constitucionales europeas. Holanda sufrió el rigor de la ocupación nazi durante cinco años, pero en los años de posguerra (1945-49) reprimió sanguinariamente la proclamación de la independencia de su colonia asiática.

Se olvida que la sociedad civil neerlandesa decidió recordar únicamente las vejaciones sufridas bajo la ocupación nazi, mientras que, tras la liberación, los holandeses se autoimpusieron una larga amnesia selectiva respecto de los crímenes perpetrados bajo el reinado de la reina Juliana durante los cuatro años de guerra colonial destinada a sofocar la independencia de Indonesia.

Durante 70 años, la misma sociedad neerlandesa que inmortalizó a Ana Frank prefirió olvidar a los cientos de miles de víctimas y la persecución contra Sukarno y Muhammad Hatta. Los libros de historia escolar apenas mencionaban la independencia de Indonesia y las atrocidades cometidas por las tropas, atrocidades ocultadas bajo el eufemismo oficial de «Acciones Policiales»: ejecuciones extrajudiciales, tortura generalizada, detenciones en masa y la quema intencional de aldeas completas sospechadas de apoyar a la guerrilla republicana.

El despertar de la culpa de la ex potencia holandesa duró varias décadas: la burbuja de la «inocencia blanca» y colonial se rompió definitivamente recién en el siglo XXI.

Resulta gratificante que el largo proceso neerlandés de revisión histórica y justicia transicional haya culminado en disculpas oficiales tanto al pueblo indonesio como a las comunidades desplazadas que aún viven en los Países Bajos. En 2020, el rey Guillermo Alejandro pidió perdón durante una visita de Estado a Indonesia por la violencia ejercida por las fuerzas coloniales neerlandesas entre 1945 y 1949. En 2022, el primer ministro Mark Rutte presentó disculpas formales en nombre del gobierno neerlandés, tras la publicación de una investigación histórica que concluyó que el ejército colonial había utilizado una violencia «sistemática, generalizada y extrema» durante la guerra de independencia indonesia.

Pregunta inevitable: ¿también en Israel el futuro proceso de justicia transicional culminaría con un pedido de disculpas oficiales ante la sociedad civil palestina? ¿O Israel condicionaría ese gesto a que también el futuro Estado palestino pidiera perdón a la sociedad civil israelí por los crímenes terroristas cometidos?

Posdata

La oposición israelí exige solamente la creación de una Comisión de Investigación Estatal para establecer la responsabilidad militar y política sobre la masacre del 7/10. Esperemos que convoque la formación de Comisiones de Verdad y Justicia, entidades de la sociedad civil destinadas a investigar y documentar patrones de violencia y de corrupción política a fin de poder construir una narrativa fehaciente para la rendición de cuentas.

Afortunadamente, empiezan a surgir gérmenes de Comisiones de Verdad y Justicia por iniciativa individual de personas como Avigdor Feldman, Lee Mordechai, Nir Jason o Roger Alper.

Hay un impostergable e incipiente proceso de sinceramiento. Imposible comparar este inicio con la experiencia de casos ya históricos del siglo pasado. En Ruanda las comunidades elegían a personas locales consideradas «suficientemente integras» para actuar como jueces populares. La comparecencia se realizaba al aire libre, de cara a toda la comunidad. Los vecinos testificaban, los responsables confesaban públicamente sus errores y mentiras y pedían perdón directamente a las familias de las víctimas. Pero en Israel aún no hay renuncias de imputados, tampoco confesiones de culpa ni pedidos de disculpas públicas que expresen remordimiento. Tampoco hay reconocimiento del daño causado ni aceptación de la responsabilidad por el acto o la omisión, o una explicación por el silencio durante la perpetración de los delitos. Mucho menos llegó Israel al pedido de perdón con alguna forma de gesto simbólico, restitución o compensación. Se da por sentado que ha de pagarla «la comunidad internacional».

A diferencia de otros procesos de justicia transicional, en Israel se recuerdan únicamente narrativas de victimización causadas por el terrorismo palestino, pero no el rol de perpetradores de crímenes de guerra en la población civil durante las represalias antiterroristas por parte de Tzahal.

Muy lejos se encuentra hoy la sociedad civil israelí de la neerlandesa, que incluso empezó a exigir al Estado que recordase crímenes cometidos en Indonesia el mismo Día Nacional de la Memoria de los Países Bajos, el 4 de mayo, cuando se conmemora a todas las víctimas de la Segunda Guerra Mundial, según apunta Anne van Mourik, en su artículo «Dutch Colonial Violence and the Missing Voices of Indonesians».

Ali Vaez, investigador especialista en Irán, sostiene en el último número de Foreign Affairs que ni Irán ni la alianza EE. UU.-Israel parecen estar en condiciones de alcanzar una victoria decisiva, «ya que ninguno de los dos contrincantes puede asestar un golpe decisivo al otro a un costo aceptable, y que la hostilidad descontrolada se ha vuelto demasiado peligrosa». Por eso Vaez vislumbra que ambos bandos comienzan a buscar formas de coexistir tras esa imposibilidad y sugiere que, paradójicamente, esta guerra sin ganadores puede haber creado una oportunidad para que Irán y Estados Unidos reparen su deteriorada relación.

En la lógica de Ali Vaez, tanto Irán como EE. UU. «podrían acordar establecer una línea directa de comunicación entre sus fuerzas armadas, diseñada para ayudar a gestionar el conflicto antes de que se agrave». Lamentablemente, Israel prefiere pensar con una lógica especulativa que lo lleva a autoexcluirse y a seguir atascado en un presente perpetuo de guerra permanente en siete frentes; el argumento estratégico de su liderazgo pareciera ser que no hay verdad en el conflicto de Medio Oriente y que, una vez más, todo podría ser falso. Así, esta lógica especulativa blindada prioriza el presente a expensas del futuro y no solo relega formas más abiertas de relación con el porvenir, como la esperanza y la expectativa, sino que también las limita y elimina.

Abandonemos la lógica especulativa que prolifera en tiempos de guerra como los actuales. Intentemos, en vísperas de unas elecciones cruciales, que la población civil recupere la confianza. Apoyemos acuerdos políticos decisivos con los enemigos de Israel y dejemos de concebir el futuro como un campo de amenazas potenciales proyectadas sobre un presente perpetuo, que siempre debe anticiparse y defenderse.