La metodología de la mentira
Bien vale analizar aquí la lógica detrás de célebres paranoias conspirativas, para poder darle marco a las acusaciones contra la Argentina, que van desde ser “el país más racista del mundo”, el “refugio de nazis tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial”, o “la sociedad más soberbia y tramposa de todo el orbe”, entre otras inmerecidas cucardas.
El 20 de julio pasado se cumplieron 57 años del alunizaje que colocó a Neil Armstrong y Buzz Aldrin sobre la superficie lunar. La misión Apolo XI significó un hito de la ciencia y la tecnología, a la vez que una victoria geopolítica sobre el bloque entonces antagonista del capitalismo occidental, y sin duda alguna, un punto de inflexión en la historia de la humanidad. Las capacidades y recursos puestos en juego, coordinados en una de las mayores empresas jamás realizadas, lograron que los astronautas posaran un módulo rudimentario, con una computadora de a bordo no mucho más hábil que una calculadora de mano y un soporte vital al límite de las posibilidades de la existencia, sobre la superficie del satélite natural de la Tierra. Este hecho, evidente para una generación que se acostumbró a presenciar proezas desde la puesta en órbita del satélite Sputnik en 1957, o del primer ser humano en el espacio con el vuelo de Yuri Gagarin en 1961, comenzó a ser cuestionado en las décadas siguientes, hasta su apogeo actual con la proliferación de fakes en redes sociales. Se argumenta que Stanley Kubrick fue quien dirigió el alunizaje fraguado, filmado en un set en California. ¿Por qué se habría hecho ese “montaje cinematográfico”? Las respuestas de los “teóricos de la conspiración” son múltiples: desde el llano “para dominarnos y mantenernos engañados”, hasta teorías más elaboradas que involucran el terraplanismo o la presencia de alienígenas selenitas. Cuando se les repregunta por el sujeto activo del engaño, la respuesta es aún más difusa: “el poder mundial”, “el gobierno en las sombras”, o “los illuminati”… elija usted el artífice de la conspiración que más le plazca.
Más recientemente, en abril de este año, cuatro astronautas sobrevolaron la Luna en la misión Artemis II, marcando un nuevo jalón en la exploración espacial luego de la cancelación de las misiones Apolo, en 1972. Ya en tiempos de Instagram, X-Twitter y otras fuentes de información de dudosa confiabilidad, la proliferación de teorías que demostrarían la falsedad del sobrevuelo, inundaron las redes. Circularon fotos y videos que probarían el engaño: se puede ver a los cuatro astronautas colgados de unos hilos con una pantalla verde detrás para componer un ambiente de gravedad cero en un estudio de filmación (esta vez por otro director, ya que Kubrick murió en 1999 —o “habría sido asesinado” por la CIA para “silenciar el secreto”—)… es decir, alguien se tomó el trabajo de pergeñar una falsedad para demostrar la falsedad de un hecho real… otra vez, interrogados los defensores de la “teoría” por el para qué o por quién, surgen vaguedades como “para dominarnos”, o imprecisiones como “el poder mundial”. Así de confiables son los argumentos de los cazadores de likes, que mienten con tal de ganar notoriedad en redes sociales. El algoritmo que dirige todo tipo de estupideces a los que están dispuestos a creerlas, hace el resto.
El ‘lobby sionista’ y el apoyo a Messi
Para quienes siguieron —y para quienes no— el Mundial 2026, la actuación de la selección nacional no pasó desapercibida. El fútbol, en tanto confrontación simbólica entre dos “bandos”, desata pasiones. Y con relación al “odio contra la Argentina” manifestado en redes sociales y medios internacionales en las últimas semanas, no hay una única teoría conspirativa, sino un conjunto de narrativas que ponen el foco en dimensiones convergentes. Una de ellas es, como no podría ser de otra manera, la figura de Lionel Messi. Existirían “indicios claros” sobre la relación de Messi con Israel, el sionismo y los judíos, que invalidarían la extraordinaria habilidad de uno de los mejores jugadores —sino el mejor, en podio compartido con Diego Maradona— de futbol de la historia. Como integrante del plantel del F.C. Barcelona, el astro argentino visitó Israel en agosto de 2013. La foto en la que porta una kipá sobre su cabeza mientras visita el Muro de los Lamentos en Jerusalén, y la del recibimiento por parte del entonces presidente israelí Shimon Peres, demostrarían la “adhesión incondicional de Messi a los postulados del sionismo”[1]. Hay otras imágenes que sus detractores prefieren soslayar: en esa misma visita, Messi visitó la ciudad de Belén y fue recibido por Mahmud Abbas, presidente de la Autoridad Nacional Palestina[2]. Las mentiras se construyen seleccionando cuidadosamente cada ladrillo.
Más aún: revisando el archivo, se puede constatar que dos años antes de la visita a Israel y Palestina, en julio de 2011, durante la Copa América, Messi integró al plantel de la selección argentina que adhirió institucionalmente a la campaña “Atentado al olvido”, impulsada por la AMIA con motivo del 17° aniversario del atentado, mediante una fotografía colectiva con una bandera que reclamaba memoria y justicia para las víctimas[3].
La asociación espuria entre Messi y el sionismo que se propagó durante el Mundial 2026 se construyó, fundamentalmente, a partir de estos escasos elementos. Descontextualizadas y a la búsqueda de incautos “dispuestos a creer”, se presentan las fotos de Messi en Israel como prueba de su “compromiso político”. Se trata de un claro ejemplo de cómo es posible destacar los hechos que son compatibles con la hipótesis conspirativa, de buscar las evidencias que corroboran una conclusión previa, mientras se silencian las que la contradicen. Sumergidos en los andurriales de internet, es plausible preguntarse ¿Cuáles serían las razones por las cuales “el sionismo internacional” propició y presionó por la victoria de la selección argentina? No hay respuestas fundadas en otra evidencia más que las que se pueden encontrar en posteos y webs que tergiversan los hechos. La victoria sobre el equipo egipcio habría sido favorecida por un árbitro supuestamente judío[4], ya que el “lobby sionista” sería el controlante de la FIFA; Gianni Infantino respondería automáticamente a esos intereses que trascienden lo deportivo, y la tecnología del VAR habría sido utilizada para manipular las decisiones arbitrales y con ellas, los resultados: prueba de nada, sino de la necesidad de creer. En otro nivel, el argumento remite a ese “poder mundial” que nos habría venido mintiendo y engañando como con “las misiones Apolo y Artemis, la pandemia del Covid-19, las manipulaciones de la Organización Mundial de la Salud, y las falacias del cambio climático y las vacunas”.
Donald Trump y Benjamin Netanyahu entre otras caras visibles del “gobierno global”, apoyan las declaraciones, acciones y gobierno de Javier Milei. Una victoria argentina en el campeonato del mundo habría beneficiado al “poder sinárquico”, siendo nuestro país una pieza más en el tablero de la disputa. El triunfo español en la final sería, en este sentido, un acto rebelde y una “reivindicación de los pueblos oprimidos del mundo”, a la vez que la “victoria del multiculturalismo” contra un “país racista” como Argentina.

El país más racista del mundo
Todo lo que ocurre en el terreno de las redes tiene impacto en la realidad. La línea que divide las ficciones digitales de las actitudes y comportamientos humanos se va difuminando, desde el momento en que cada persona en este planeta tiene acceso a un diario con un inacabable caudal de información —verdadera o falsa— en la palma de su mano. Es difícil sustraerse a la fascinación de ese aparatito con el que hoy hacemos todo: pedir una pizza, sacar un pasaje en colectivo, escuchar música, tomar fotos, conseguir pareja o ver videos de gatitos haciendo travesuras. Si todo esto es real —la pizza llega, el colectivero nos deja pasar, la música suena, tenemos un match con una desconocida, reímos con los gatitos— ¿por qué no habría de serlo la información que recibimos? Sin el debido cotejo de la fuente, intelectuales, personalidades de la cultura, y medios de comunicación masivos repitieron durante las últimas semanas hasta el cansancio que la Argentina es un país racista. Las evidencias están muy flojas de papeles: la alta proporción de jugadores de piel negra en las selecciones europeas sería la prueba de un cambio demográfico en los últimos cincuenta años, y de una “integración social creciente” reflejada en los planteles que disputaron la copa mundial. Por el contrario, la selección argentina carece de negros, lo cual sería la prueba irrefutable de un racismo estructural que limita las posibilidades de las personas de color hasta en el campo del deporte. No hay defensa posible ante esa evidencia.
El actor Samuel Jackson —inolvidable por su monólogo del capítulo 25, versículo 17 del Libro de Ezequiel en cada ocasión que asesina a alguien en el film Pulp Fiction—, publicó en sus redes sociales una advertencia hacia los negros que apoyaran al equipo argentino en la final contra España: “Argentina ha sido históricamente uno de, o quizás el país más racista del mundo”[5]. Es altamente probable que Jackson ignore la composición social argentina, su geografía, su economía, su historia desde la independencia, o su ubicación en el mapa. Poco importa a la hora de viralizar una falsedad por parte de un referente cultural. Le llegó ese dato del apartheid argento, e indignado lo difundió. ¿Quién gana con ello? Ciertamente el actor al cobrar notoriedad, la red social por donde pasa esa conversación pública, y quien obtiene dinero a partir de visualizaciones y likes… pero definitivamente la que gana es la mentira. Es que se ha trastocado el sentido de las cosas: ahora es la verdad la que “tiene patas cortas”, pocos “me gusta” y escasa repercusión. La mentira, la calumnia, la falsedad, en cambio, sobre todo cuando genera odio, encono, conflicto e indignación, es la que sale victoriosa en este tiempo convulso.
No se puede negar que hay formas de racismo que persisten en la Argentina: por esa razón en 1988 el Congreso sancionó la Ley N° 23.592 contra actos discriminatorios, y en 1995 creó el INADI mediante Ley N° 24.515 (organismo disuelto por el gobierno de Milei bajo la excusa de que “no servía para nada”[6]). Pero vale recordar que no existió en nuestro país un sistema esclavista extendido, ni un régimen legal segregacionista. Se calcula que entre los siglos XVI y XIX, entre 15 y 30 millones (sino más) de africanos fueron cazados y secuestrados por traficantes europeos, norteamericanos, árabes y africanos, para ser trasladados por mar en condiciones infrahumanas, y —si sobrevivían al viaje— eran forzados a trabajar en las plantaciones de café, tabaco, caña de azúcar y algodón en el Brasil, el Caribe y los nacientes Estados Unidos[7]. La economía del Río de la Plata no era intensiva en mano de obra, por lo que los pocos esclavos que llegaron al puerto de Buenos Aires fueron destinados al servicio doméstico. La Asamblea del año 1813 decretó la libertad de vientres, y la Constitución de 1853 dio por terminada toda forma de esclavitud. En los Estados Unidos, en cambio, hubo que esperar hasta el fin de la Guerra Civil, en 1865, para que la esclavitud fuera abolida, en tanto que en Brasil esto no ocurrió sino hasta 1888. Sin embargo, a diferencia de la experiencia sudamericana, la abolición de la esclavitud en los Estados Unidos no fue reparadora para con la población hasta entonces esclavizada: la segregación racial persistió mediante un sistema legal hasta al menos el año 1965. Las leyes Jim Crow obligaban a la separación entre blancos y negros en escuelas, transporte público, baños, hospitales, hoteles, parques, bebederos, restaurantes, y cementerios, al tiempo que limitaban el derecho al voto de la población afrodescendiente. Sumado a ello, el matrimonio interracial estuvo prohibido hasta 1967 en gran parte de los Estados Unidos. Entonces, ¿Es Argentina el país más racista del mundo, como afirma Mr. Jackson? ¿Con qué criterio y apoyado en cuáles fuentes documentales se lanza una fake tan ponzoñosa?
Ignorancia y odio
La proliferación del odio sobre un colectivo determinado no es algo que se haya inventado ni difundido con las redes sociales. La mecha que enciende el polvorín de la intolerancia siempre parte de una falsedad, de una mentira flagrante, de un prejuicio de largo arraigo. La edad media fue un tiempo de gran creatividad para justificar el odio, la exclusión social, la expulsión o la masacre de judíos, sobre todo en Europa. Los argumentos fueron cambiando según la época, pero muchos compartían un mismo patrón: atribuir a los judíos características o conductas que los convertían en un “enemigo interno”. Las comunidades europeas fueron acusadas de pertenecer a un pueblo deicida, de profanar las hostias consagradas (que en la liturgia cristiana no son otra cosa que el cuerpo de Cristo), de cometer asesinatos rituales de niños gentiles, de envenenar los pozos de agua (lo cual habría desatado la Peste Negra), de brujería y hechicería, de pactar con el demonio, de practicar la usura, y ya en tiempos modernos, de ser los artífices de una conspiración para el dominio mundial, de controlar la banca, las finanzas y la prensa, de fomentar revoluciones radicales, de explotar a la clase trabajadora, de ser desleales con los países que les dieron acogida, de corrupción moral, y de inferioridad racial. Cada uno de estos tópicos, lanzados desde el poder temporal y/o eclesial de turno, provocaba indignación, lo cual insuflaba un odio que llamaba a la acción directa, como estrategia de defensa frente lo desconocido, lo ignorado y en última instancia, lo temido. Detrás de cada pogrom, de cada exclusión y expulsión, operaron estos mecanismos. La Shoá fue el epítome de ese odio acunado, desarrollado y acumulado generación tras generación.
El odio hacia los argentinos durante la efervescencia mundialista no perdurará por dos milenios. Es probable que, así como llegó, desaparezca, cuando las redes sociales apunten hacia un nuevo objeto odiable, adornado con las más viles características que de él se pueda afirmar. La ignorancia es ese sustrato sobre el cual germinan las mentiras, los prejuicios y la convicción última de que hay un poder en las sombras que nos domina, nos sojuzga, nos manipula, al cual solo podemos combatir viendo shorts y reels absurdos en las redes.
En la novela Mil novecientos ochenta y cuatro, uno de los lemas del INGSOC —la doctrina ideológica de Oceanía, una de las tres superpotencias en las que estaba dividido el mundo—, era “La ignorancia es la fuerza”. George Orwell no se equivocaba, pero con una diferencia: en la actualidad la diada mentira-ignorancia no se diseña desde un “Ministerio de la Verdad”, sino que su generación y reproducción está descentralizada, y constituye la fuerza motora de las redes, de la instalación de temas en la opinión pública, de una economía fundada en el odio, y del miedo que paraliza a quienes puedan oponerse a las injusticias más graves.
[1] https://tn.com.ar/deportes/polideportivo/2013/08/04/messi-y-el-barca-en-israel-visita-al-muro-de-los-lamentos
[2] https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libero/10-7798-2013-08-05.html
[3] https://www.clarin.com/copa_america/Seleccion-suma-recuerdo-atentado-AMIA_0_SkVAmeTw7l.html
[4] https://www.theguardian.com/football/2026/jul/17/world-cup-conspiracy-theories-var-ai-argentina?
[5] https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/samuel-l-jackson-acuso-a-argentina-de-ser-uno-de-los-paises-mas-racistas-del-mundo-nid20072026/
[6] https://www.pagina12.com.ar/714723-el-gobierno-anuncio-el-cierre-del-inadi/
[7] Ferguson, Niall (2012). Civilización: Occidente y el Resto, ed. Debate, Buenos Aires