Entre la Argentina, el judaísmo, Israel y el sionismo

La identidad como relato

¿Qué nos hace ser quienes somos? A partir de una pregunta aparentemente sencilla de su nieto durante el Mundial, Rubén Ogorek despliega una profunda reflexión sobre la identidad como una construcción abierta y dinámica. Entre Argentina, el judaísmo, Israel y el sionismo, propone pensar las pertenencias no como etiquetas excluyentes, sino como relatos que se transforman con la experiencia, el diálogo y el tiempo.
Por Rubén Ogorek

Durante el último Mundial de fútbol, mi nieto israelí de once años me hizo una pregunta que, en apariencia, era muy inocente. Quería saber por quién hincharía yo si alguna vez Israel y la Argentina se enfrentaran en un Mundial.

Le respondí que no debía preocuparse demasiado, porque para que Israel lograra clasificarse probablemente tendrían que participar ciento veintiocho países.

Nos reímos, pero, dejando el humor de lado, su pregunta despertó en mí una inquietud que desde hacía mucho tiempo permanecía latente. ¿Por quién hincharía realmente? ¿Por el país en el que nací y aprendí a querer el fútbol o por aquel en el que viví casi toda mi vida adulta, formé una familia y crié a mis hijos?

La pregunta parecía obligarme a elegir entre dos pertenencias que nunca había sentido como excluyentes. Sin embargo, detrás de aquella elección futbolística se escondía un interrogante mucho más profundo. No se trataba de decidir por qué selección hincharía, sino de comprender cómo conviven, dentro de una misma persona, pertenencias que muchos consideran incompatibles.

Si alguien me lo preguntara hoy, probablemente respondería que soy argentino, judío, israelí, sionista y biólogo. Todas esas respuestas son verdaderas y, sin embargo, ninguna alcanza para definirme. Cada una nombra una parte de mi historia, pero ninguna puede explicar por sí sola la persona en la que me fui convirtiendo.

Esa intuición me llevó a preguntarme qué entendemos realmente cuando hablamos de identidad. ¿Es algo que recibimos al nacer? ¿Es una esencia que permanece inalterable o una historia que nunca termina de escribirse? Cuanto más reflexionaba sobre ello, más claro veía que la identidad no podía reducirse a una única respuesta.

Podría agregar que fui estudiante, investigador, docente y dirigente comunitario. También que soy esposo, padre y abuelo, que viví durante casi medio siglo en un kibutz y que, después de muchos años dedicados a la biología, comencé a escribir. Pero la lista podría prolongarse indefinidamente sin resolver la pregunta. Una identidad no se revela acumulando palabras ni encontrando una categoría capaz de contener todo lo que somos.

Durante mucho tiempo pensé que la respuesta era mucho más sencilla. Imaginaba que uno nacía en un lugar, dentro de una familia y de una cultura, aprendía una lengua, heredaba ciertas costumbres y, casi sin darse cuenta, ya sabía quién era. Parecía una herencia recibida al nacer, una especie de núcleo estable que nos acompañaba a lo largo de la vida.

Con los años, esa manera de entenderla empezó a resultarme insuficiente.

No somos exactamente los mismos que fuimos en la infancia, pero tampoco nos convertimos en personas completamente distintas. Cambian nuestras ideas, nuestros afectos, nuestras responsabilidades y nuestra manera de mirar el mundo. Algunas pertenencias adquieren mayor importancia y otras la pierden. Aquello que alguna vez consideramos indiscutible puede cobrar un significado diferente. Sin embargo, seguimos reconociéndonos en la persona que fuimos.

Paul Ricoeur encontró una manera especialmente sugerente de pensar esa continuidad. Sostuvo que la identidad no es una sustancia inmóvil, sino una narración. Nos comprendemos contando nuestra vida, relacionando experiencias separadas y dándoles un sentido dentro de una misma historia. El relato no elimina los cambios. Los incorpora.

Cuando miro hacia atrás no veo una sucesión de personas desconectadas. Veo al niño que creció en la Argentina, al joven que decidió emigrar a Israel, al estudiante de biología, al investigador, al docente, al hombre que formó una familia, al dirigente comunitario y al escritor que hoy intenta comprender el camino recorrido. No son idénticos, pero pertenecen a una misma narración.

Esa narración no se inventa libremente. Hay hechos que no elegimos y experiencias que dejan marcas profundas. Nadie decide dónde nace, dentro de qué familia, qué lengua escucha por primera vez ni cuáles son las circunstancias históricas que rodean su infancia. Tampoco elegimos muchas de las pérdidas, los encuentros y los acontecimientos que modifican nuestra vida. Pero con esos materiales recibidos necesitamos construir un relato que nos permita reconocernos y conservar cierta continuidad entre lo que fuimos, lo que somos y aquello en lo que todavía podemos convertirnos.

Esa tarea se vuelve más compleja en el mundo contemporáneo. Zygmunt Bauman describió nuestra época como una modernidad líquida, caracterizada por cambios permanentes, vínculos más frágiles y pertenencias menos estables. En ese contexto, la identidad deja de ser una respuesta definitiva para convertirse en una elaboración constante. Ya no se trata de descubrir quiénes somos de una vez y para siempre, sino de reconstruir el sentido de nuestra historia a medida que vivimos.

Esa historia, además, nunca se escribe en soledad. Una parte importante de la identidad surge de los grupos a los que sentimos que pertenecemos. No somos únicamente individuos. También somos miembros de familias, comunidades, pueblos, profesiones, naciones y generaciones. Nos comprendemos a través de las relaciones que establecemos con esos grupos y de la manera en que ellos nos reconocen.

No nacemos sabiendo qué significa ser argentino, judío, israelí o sionista. Aprendemos esas pertenencias viviendo con otros, escuchando relatos, participando de costumbres y compartiendo experiencias. Cada grupo nos ofrece una manera de interpretar el mundo y también un lenguaje desde el cual podemos narrarnos.

Humberto Maturana llevó esta idea todavía más lejos. Para él, lo humano no comienza en el individuo aislado, sino en la relación. Aprendemos a hablar porque alguien nos habla, a confiar porque alguien nos cuida y a discutir porque alguien noscontradice. Incluso aquello que consideramos más personal se forma dentro de conversaciones que comenzaron antes de que pudiéramos comprenderlas.

Como biólogo, la idea de que lo humano nace en la convivencia, nunca me resultó extraña. La evolución de nuestra especie no puede explicarse imaginando individuos solitarios que sobrevivieron únicamente por su fuerza o su inteligencia. Sobrevivimos porque fuimos capaces de cooperar, comunicarnos, cuidar a nuestras crías durante períodos muy prolongados y construir comunidades relativamente estables. La necesidad de pertenecer tiene raíces biológicas profundas.

Pero la biología sólo explica por qué necesitamos vivir con otros. No determina el contenido de nuestras pertenencias. Ningún gen define que una persona sea argentina, judía, israelí o sionista. Esos significados pertenecen al mundo de la historia, de la cultura y de las relaciones humanas.

Si bien la biología hizo posible la convivencia, fue la cultura la que le dio formas, nombres y relatos.

Cuando pienso en mi propia vida, advierto hasta qué punto mis identidades surgieron de esa relación con los demás. Me hice argentino viviendo entre argentinos, judío dentro de una familia y una comunidad, israelí compartiendo la vida cotidiana de la sociedad israelí y científico trabajando junto a otros científicos. Mi sionismo también se formó y se transformó a través de conversaciones, lecturas, desacuerdos y experiencias compartidas.

Nací en la Argentina. Allí aprendí a hablar y a relacionarme con los demás. Allí descubrí el valor de la amistad, de la conversación y del humor. La Argentina me dio mucho más que una nacionalidad. Me dio una lengua y, con ella, una manera particular de pensar, sentir y discutir.

Durante la infancia no percibimos el idioma como una elección ni como un objeto de reflexión. Las palabras parecen formar parte natural del mundo. Recién al vivir durante muchos años en otra lengua descubrí hasta qué punto el castellano había modelado mi sensibilidad.

Después de casi cincuenta años en Israel, todavía existen emociones que sólo puedo expresar plenamente en castellano. No porque el hebreo sea insuficiente, sino porque cada idioma organiza la experiencia de una manera diferente. Hay palabras que no se limitan a nombrar algo. Conservan voces, escenas, gestos y afectos. Llevan consigo una parte de nuestra biografía.

Quizá por eso elegí el castellano para escribir. Es la lengua en la que puedo escuchar con mayor claridad lo que pienso y reconocer con más facilidad el tono de mi propia voz.

Cuando era joven nunca imaginé que mi argentinidad se volvería más visible precisamente después de abandonar la Argentina. La distancia modifica la mirada. Algunas cosas que antes me parecían naturales adquirieron un valor nuevo. Otras, que daba por supuestas, comenzaron a despertar en mí una actitud más crítica.

Emigrar tampoco significó conservar intacta la Argentina de mi juventud. La memoria selecciona, transforma e idealiza. El país del que me fui siguió cambiando, del mismo modo en que cambié yo. Por eso regresar nunca fue simplemente volver al lugar que había dejado. Era encontrarme con una sociedad diferente y comprobar, al mismo tiempo, cuánto de ella seguía viviendo en mí.

La Argentina permaneció en mi manera de hablar, en ciertos gestos, en el humor, en la forma de discutir y en mi modo de relacionarme con los demás.

Fue también allí donde descubrí mi pertenencia al pueblo judío.

Nunca viví el judaísmo como una religión. Mi vínculo con él nació dentro de una familia, una comunidad, una memoria compartida y una historia que desde muy joven comprendí que también era la mía.

Ser judío en la Argentina significaba formar parte de una minoría dentro de una sociedad mayoritariamente no judía. Esa experiencia me enseñó que una persona puede pertenecer plenamente a un país y, al mismo tiempo, reconocerse dentro de otra historia colectiva. Nunca sentí que debía elegir entre ser argentino y ser judío. Ambas pertenencias crecieron juntas y terminaron modificándose mutuamente.

Siempre pensé que el judaísmo no podía reducirse a la memoria de las persecuciones ni de la Shoá. Con el tiempo, esa convicción no hizo más que fortalecerse. Esa memoria es inseparable de nuestra historia y sería imposible comprendernos sin ella. Pero sería también profundamente reduccionista pensar que allí termina el judaísmo.

Heredé una tradición de estudio, de preguntas, de desacuerdos y de interpretación. Siempre me sentí más cerca de un judaísmo que dialoga y discute que de uno que simplemente obedece; de un judaísmo que entiende que ningún texto, por sagrado que sea, agota el sentido de las cosas ni clausura definitivamente la posibilidad de seguir preguntando.

Mucho antes de dedicarme a la ciencia, esa visión ya me había enseñado que las preguntas pueden ser más importantes que las respuestas y que una herencia permanece viva cuando cada generación es capaz de volver a interpretarla. Mi judaísmo nunca fue exclusivamente una pertenencia recibida. También fue una manera de mirar el mundo.

El sionismo apareció muy temprano dentro de esa experiencia. Israel, antes de convertirse en el país donde viviría, fue para mí una idea y un proyecto colectivo. Representaba la posibilidad de reconstruir la vida nacional del pueblo judío después de siglos de dispersión, persecución e impotencia política.

Cuando decidí emigrar no estaba viajando solamente a otro país. Hasta entonces Israel pertenecía en buena medida al mundo de los ideales. Y los ideales, mientras permanecen lejos, conservan una coherencia que la realidad rara vez permite. Es más fácil imaginar un país que vivir dentro de él. La vida cotidiana introduce matices, conflictos y responsabilidades que no aparecen en los discursos.

Con la aliah Israel dejó de ser una idea y se convirtió en el lugar donde transcurrió mi vida adulta. Aquí estudié biología, trabajé durante décadas, formé una familia, crié a mis hijos, hice amigos, disfruté a mis nietos, participé en la vida de mi kibutz y asumí responsabilidades comunitarias. Aquí también atravesé guerras, crisis políticas, alegrías, pérdidas y profundas transformaciones sociales.

No me hice israelí el día en que recibí el documento de identidad ni cuando aprendí a hablar hebreo. Uno pasa a formar parte de una sociedad cuando comparte su vida cotidiana, participa de sus instituciones, discute su futuro y siente que lo que allí ocurre afecta también su propia existencia.

Israel se convirtió en mi casa, pero nunca borró mi origen. La vida aquí transformó mi manera de mirar la Argentina, y mi origen argentino influyó en mi forma de vivir y comprender Israel. No cambié una identidad por otra. Aprendí a vivir con ambas.

Mi relación con el sionismo también cambió.

Me considero sionista desde mucho antes de emigrar. No fue la vida en Israel la que me llevó al sionismo. Fue mi sionismo el que me trajo a Israel. Pero la convicción con la que llegué no podía permanecer idéntica después de tantos años de experiencia.

Al principio predominaba la emoción de participar en un proyecto histórico extraordinario. La creación de un hogar nacional para el pueblo judío representaba para mí una respuesta legítima a una historia de dispersión, dependencia y persecución.  Esa convicción no desapareció, pero se volvió más compleja cuando el ideal se encontró con la realidad del poder.

Un movimiento de liberación nacional puede organizarse alrededor de una aspiración. Un Estado, en cambio, debe gobernar, distribuir recursos, defender fronteras, ejercer autoridad y tomar decisiones que afectan a personas concretas. El poder convierte los principios en dilemas y responsabilidades.

Vivir en Israel me obligó a preguntarme cómo proteger la seguridad sin debilitar la democracia, cómo defender el derecho del pueblo judío a la autodeterminación sin negar el derecho de otros pueblos y cómo evitar que una identidad nacional se transforme en una ideología excluyente.

Esas preguntas no me alejaron del sionismo. Modificaron la forma de entenderlo.

Nunca concebí el sionismo como una adhesión incondicional a los gobiernos de Israel. Los gobiernos son transitorios y deben ser juzgados por sus decisiones. El sionismo, en cambio, fue desde sus orígenes una tradición política plural, atravesada por desacuerdos profundos. Hubo corrientes socialistas, liberales, religiosas, revisionistas y culturales. Presentarlo como una ideología única significa borrar su historia.

Mi lugar se encuentra dentro de la tradición del sionismo socialista, democrático, laico y humanista.

Creo en el derecho del pueblo judío a la autodeterminación y considero que la historia demostró de manera trágica la necesidad de contar con un Estado capaz de proteger la vida judía. Pero esa misma historia me impide aceptar que nuestra seguridad deba construirse negando la dignidad o los derechos nacionales del pueblo palestino.

No veo una contradicción entre ambas convicciones. Por el contrario, creo que una depende moralmente de la otra. Si defendemos la autodeterminación como un derecho, no podemos considerarla legítima solamente cuando se refiere a nosotros.

Esta posición suele dejarme en un lugar incómodo. Para algunos, toda forma de sionismo es necesariamente colonialista y ninguna crítica a Israel resulta suficiente. Para otros, cuestionar las políticas de un gobierno israelí equivale a traicionar al país o al pueblo judío.

No me siento representado por ninguno de esos extremos.

Pertenecer no significa justificar todo lo que se hace en nombre de una identidad. A veces el compromiso más profundo consiste precisamente en advertir cuándo aquello que amamos comienza a alejarse de los valores que le dieron sentido.

Mi formación científica reforzó esta manera de pensar. La ciencia me enseñó que ninguna hipótesis debe quedar protegida de la crítica. Una idea que sólo puede sobrevivir prohibiendo las preguntas deja de ser una explicación para convertirse en un dogma. Intento aplicar ese principio también a mis convicciones políticas y sobre todo éticas.

No creo que el pensamiento crítico debilite mi identidad. La debilita mucho más la necesidad de defenderla de toda pregunta. Una identidad viva puede examinarse, revisar sus decisiones y reconocer sus errores sin desaparecer. Una identidad cerrada, en cambio, termina exigiendo obediencia.

El sionismo que hoy sostengo es más profundo que el de mi juventud. Es menos idealizado pero más consciente de sus responsabilidades. Ya no lo pienso únicamente como el derecho del pueblo judío a ejercer poder, sino también como la obligación de preguntarse de qué manera hay que utilizar ese poder. No abandoné mis principios pero la experiencia me obligó a comprenderlos de otro modo.

Algo semejante ocurrió con mi manera de entender la relación entre biología e identidad.

Durante mucho tiempo se pensó que la personalidad podía explicarse, en gran medida, como el resultado de la herencia biológica, mientras que el resto dependía de la educación recibida durante la infancia. Esa oposición entre naturaleza y cultura terminó mostrando sus limitaciones.

Los genes influyen sin duda en el desarrollo del organismo. Sin ellos no existirían nuestro cuerpo, nuestro cerebro ni las capacidades que hacen posible nuestra experiencia. Pero no escriben nuestra biografía. No contienen nuestras ideas políticas, nuestros recuerdos, nuestras lealtades ni la lengua con la que nombramos el mundo. Ofrecen posibilidades que sólo pueden desarrollarse dentro de un entorno.

Incluso el cerebro, que muchas veces se imagina como una estructura terminada al nacer, se transforma mediante la experiencia. Las relaciones, los aprendizajes y las condiciones de vida dejan huellas. La biología no desaparece frente a la cultura. Se desarrolla dentro de ella.

Tampoco la cultura actúa sobre un organismo vacío. Somos seres vivos con necesidades, emociones y capacidades que provienen de una larga historia evolutiva. Necesitamos cuidado, contacto, reconocimiento y pertenencia. Pero la manera en que expresamos esas necesidades depende de la sociedad en la que vivimos.

No somos el resultado exclusivo de nuestros genes ni el producto pasivo de la sociedad. Somos el resultado siempre provisional de una interacción entre la biología, la historia, la cultura, las relaciones, las emociones, las decisiones personales y el azar.

Esa interacción no ocurre dentro de individuos aislados. Como comprendió Maturana, nos transformamos en la convivencia. Cada conversación modifica, aunque sea mínimamente, a quienes participan en ella. No salimos de un encuentro exactamente iguales a como entramos. A veces el cambio es imperceptible. Otras veces, una conversación, un vínculo o una pérdida reorganizan por completo la historia que nos contamos sobre nosotros mismos.

Por eso, a mi manera de ver, nuestra vida se parece mucho más a una conversación permanente que a un programa escrito de antemano. No creo que la identidad sea un destino. Nacemos en circunstancias que no elegimos y que dejan una huella profunda, pero esas condiciones iniciales no determinan quiénes llegamos a ser. Cada amistad, cada lectura, cada viaje, cada amor, cada pérdida y cada decisión van modificando, de un modo u otro, el relato que hacemos de nosotros mismos.

Esas transformaciones suelen ser silenciosas. Muchas veces creemos haber conservado las mismas convicciones durante toda la vida, cuando en realidad fue cambiando el significado que tenían para nosotros. Las palabras permanecen; la experiencia las resignifica.

Las personas, como las sociedades, nunca permanecen exactamente iguales. Lo que ayer parecía indiscutible puede adquirir, con el tiempo, un sentido diferente. Cambiar de opinión no siempre es una señal de incoherencia. Muchas veces es la consecuencia de haber vivido, aprendido y seguido haciéndose preguntas.

Sigo llamándome argentino, judío, israelí, sionista y biólogo.

Pero la identidad cambia incluso cuando conserva sus nombres.

También se construye en la mirada de los demás.

Durante mi infancia podía sentirme completamente argentino y, sin embargo, para algunas personas seguía siendo, antes que nada, el ruso. Esa palabra me colocaba dentro de una categoría que no había elegido y que muchas veces decía más sobre quien la pronunciaba que sobre mí.

En Israel ocurrió algo diferente. Después de casi medio siglo viviendo aquí, todavía hay quienes reconocen inmediatamente mi origen argentino por el acento, por ciertas expresiones o por maneras de comportarme que nunca desaparecieron por completo.

En la Argentina era el ruso. En Israel sigo siendo, en alguna medida, el argentino.

Esas miradas no deciden quién soy, pero tampoco resultan indiferentes. La identidad se construye en una negociación entre la manera en que nos definimos y la forma en que somos reconocidos por los demás. Podemos afirmar una pertenencia y descubrir que otros la ponen en duda. También podemos rechazar una categoría y comprobar que la sociedad insiste en ubicarnos dentro de ella.

Ninguna identidad es exclusivamente privada, porque siempre se expresa dentro de un mundo compartido. Esto no significa que dependamos por completo de la aprobación ajena. Significa que nadie puede construir su identidad fuera de toda relación.

También explica por qué no me comporto exactamente igual en todos los contextos. No hablo del mismo modo con amigos argentinos que con colegas israelíes. No vivo mi judaísmo de la misma manera durante una celebración familiar que en medio de una discusión política. No pienso mi sionismo desde el mismo lugar cuando hablo con alguien que niega el derecho de Israel a existir que cuando discuto con quienes consideran ilegítima cualquier crítica.

Cada relación pone de manifiesto aspectos diferentes de una misma persona. Eso no me convierte en alguien incoherente. Me convierte, simplemente, en una persona.

Las identidades cerradas suelen desconfiar de esa complejidad. Necesitan definiciones claras, pertenencias exclusivas y fronteras que separen con precisión a quienes están dentro de quienes quedan fuera. Toda ambigüedad les parece una amenaza.

Bauman observó que, en una época marcada por la incertidumbre y el cambio permanente, muchas personas buscan refugio en pertenencias que prometen certezas absolutas. Cuanto más inestable parece el mundo, mayor puede ser la tentación de aferrarse a identidades rígidas capaces de ofrecer seguridad. Pero esa seguridad suele tener el precio de simplificar la complejidad de la experiencia humana y de transformar las diferencias en fronteras que se vuelven difíciles de cruzar.

Las personas reales rara vez encajan por completo dentro de una categoría. Podemos pertenecer a varios mundos, sentir lealtades diferentes y experimentar tensiones entre ellas. Podemos cambiar de opinión sin convertirnos en traidores a nuestra propia historia. De hecho, aprender algo nuevo debería modificar de alguna manera lo que pensamos. Cuando las convicciones dejan de dialogar con la realidad, corren el riesgo de convertirse en dogmas.

Con los años fui comprendiendo que detrás de cada persona existe una historia que casi nunca conocemos por completo. Las categorías pueden ayudarnos a orientarnos, pero también pueden ocultar la singularidad de quien tenemos delante.

Decir que alguien es argentino, israelí, judío, palestino, religioso, laico, socialista o conservador no nos dice todavía quién es. Apenas señala algunos de los relatos colectivos dentro de los cuales construyó su vida. Antes de reducir a una persona a una etiqueta conviene preguntarnos por el camino que recorrió para llegar hasta allí.

Esa actitud no obliga a renunciar a nuestras convicciones ni elimina los desacuerdos. Podemos rechazar profundamente las ideas o las acciones de alguien y, aun así, reconocerlo como una persona legítima dentro de la convivencia.

Considero que ese reconocimiento constituye una condición indispensable de toda vida democrática.

Ninguna identidad nos autoriza a dejar de ver al otro como un ser humano. Cuando las personas desaparecen detrás de las categorías y sólo quedan judíos, árabes, izquierdistas, derechistas, religiosos, laicos, extranjeros o enemigos, la convivencia comienza a deteriorarse. Ya no discutimos con alguien. Discutimos contra una imagen que hemos construido de él.

El peligro no se encuentra en tener identidades, sino en creer que una de ellas puede explicar por completo a una persona.

Quizá esa sea una de las razones por las que comencé a escribir. No para encontrar una definición definitiva de mí mismo ni para demostrar que mi identidad es la correcta. Escribo para comprender cómo fui llegando hasta aquí, qué experiencias modificaron mis convicciones y de qué manera las diferentes partes de mi historia terminaron relacionándose entre sí.

Pero escribir también me enfrenta a una paradoja.

Cada vez que intento fijar mi identidad en palabras, descubro que ya ha comenzado a cambiar. El relato organiza el pasado, pero

se escribe desde un presente que tampoco permanece quieto. Aquello que hoy considero central quizá mañana ocupe otro lugar. Una experiencia futura puede obligarme a reinterpretar acontecimientos que creía comprender.

No escribimos nuestra identidad de una sola vez. La reescribimos mientras vivimos.

Por eso ya no me preocupa encontrar una respuesta definitiva a la pregunta de quién soy. Una respuesta definitiva sólo sería posible si mi historia hubiera terminado y si existiera una única manera de interpretarla. Prefiero una pregunta que permanezca abierta.

Durante muchos años creí que la identidad debía ofrecerme seguridad, una certeza a la cual aferrarme frente a los cambios. Hoy pienso que su verdadero valor se encuentra en no protegernos de la transformación, sino en permitirnos atravesarla sin perder la continuidad con nuestra propia historia.

La identidad no es una casa cerrada en la que debemos permanecer para seguir siendo nosotros mismos. Se parece más a un camino que reconocemos mientras avanzamos. Conserva las huellas de los lugares por los que pasamos, pero no establece de antemano el lugar al que debemos llegar.

Tal vez madurar consista precisamente en aceptar que no necesitamos resolver por completo quiénes somos.

Podemos reconocernos sin encerrarnos. Podemos pertenecer sin obedecer. Podemos conservar una historia y, al mismo tiempo, permitir que nuevas experiencias transformen la manera de contarla.

Porque una identidad verdaderamente viva no es la que permanece intacta. Es la que todavía puede aprender algo de la vida y regresar a su propia historia con nuevas preguntas.

Las personas no somos una esencia. Tampoco una suma de etiquetas. Somos el relato, siempre inacabado, de una vida compartida con los demás que seguimos escribiendo mientras vivimos.

Por eso prefiero hablar de mismidad antes que de identidad. La propia palabra identidad remite a la idea de ser idéntico, pero nadie es idéntico a quien fue años atrás. Cambiamos constantemente, como nos muestra la biología y como confirma nuestra propia experiencia. Sin embargo, a pesar de esas transformaciones, seguimos reconociendo nuestra vida como la misma.

Quizá sea esa la razón por la que la pregunta que me hizo mi nieto durante el Mundial sigue acompañándome, aunque ya no siento la necesidad de responderla de manera definitiva. Me alcanza con saber que puedo querer profundamente a la Argentina, sentir a Israel como mi hogar, vivir el judaísmo como una tradición de preguntas y el sionismo como el proyecto colectivo de autodeterminación del pueblo judío. La mismidad no consiste en elegir una única pertenencia, sino en integrar todas aquellas que, a lo largo de la vida, fueron dando forma a nuestra historia.