Torat HaMelej: la teología del supremacismo judío

Del asesinato de Rabin a la “emigración voluntaria”: la evolución del sionismo religioso radical que transformó la colonización en un imperativo teológico y rompió los límites de la violencia.
Por Darío Gabriel Teitelbaum

Quiero presentar uno de los textos más inquietantes surgidos en el seno del extremismo religioso judío contemporáneo, y que puede describirse como neo-nazi por el tipo de cosmovisión que defiende[1].

Escrito por los rabinos Yitzhak Shapira y Yosef Elitzur, Torat HaMelej (La Torá del Rey) intenta construir una argumentación halájica destinada a establecer en qué circunstancias sería lícito dar muerte a goim (no judíos). El libro recibió haskamot —cartas de respaldo— de rabinos destacados vinculados al movimiento de los asentamientos, y terminó convirtiéndose en una referencia ideológica para algunos de los sectores más radicales del nacionalismo religioso israelí.

No recomiendo su lectura. Yo la hice, y me provocó náuseas e insomnio. No porque estuviera frente al delirio aislado de dos fanáticos, sino porque comprendí que se trataba de una construcción teológica elaborada, respaldada y difundida dentro de una corriente con profundas raíces en el movimiento de colonización de los territorios ocupados. ¿Cómo fue posible escribir un libro así? Esa pregunta guía estas páginas.

Torat HaMelej no apareció de la nada. Es el resultado de un proceso que arrancó después de la Guerra de los Seis Días de 1967, cuando una parte del sionismo religioso empezó a interpretar la conquista de Judea y Samaria no como un hecho político o militar, sino como el comienzo de la Redención mesiánica. A partir de ahí, para ese sector, la colonización dejó de ser una simple política territorial y pasó a convertirse en un imperativo religioso.

Las raíces intelectuales de esa transformación suelen situarse en el pensamiento del rabino Abraham Isaac Kook, quien dio un profundo significado espiritual al renacimiento nacional judío. Pero fue su hijo, Zvi Yehuda Kook, quien convirtió la recuperación de Judea y Samaria en una misión teológica concreta, y de esa visión surgieron Gush Emunim y una red de yeshivot instaladas en los asentamientos. Vale la pena subrayar que esa deriva nunca representó a todo el sionismo religioso y de seguro no a la columna vertebral del Sionismo; fue en determinados sectores donde se desarrolló una lectura de la Halajá que buscaba responder a una pregunta nueva para el judaísmo moderno: ¿cómo ejerce un Estado judío su soberanía sobre un territorio habitado por otro pueblo?

Durante casi dos mil años, la Halajá había sido elaborada por una comunidad sin ejército, sin soberanía y sin poder político; sus preocupaciones eran las de una minoría dispersa. Después de 1967, algunos comenzaron a pensar una Halajá distinta: la de un Estado soberano, con ejército, asentamientos y un conflicto permanente. Ese cambio produjo una mutación profunda.

La radicalización de ese pensamiento ya había mostrado sus consecuencias antes de que se publicara Torat HaMelej. El asesinato del primer ministro Yitzhak Rabin, en 1995, fue un punto de inflexión: conceptos halájicos como din rodef (perseguidor) y din moser (entregador) circularon entre sectores extremistas para deslegitimar políticamente a Rabin y alimentar el clima de incitación que terminó en su muerte. No hay evidencia de que una autoridad rabínica central emitiera un fallo formal autorizando ese crimen, pero el episodio mostró hasta qué punto una lectura mesiánica de la política podía correr los límites tradicionales de la ética.

Torat HaMelej no inspiró aquel asesinato —el libro se publicó catorce años después—, pero ambos episodios pueden leerse como hitos de una misma evolución doctrinal. En el caso de Rabin, el obstáculo era un dirigente judío dispuesto a negociar la devolución de territorios; en Torat HaMelej, el obstáculo pasa a ser la propia existencia de la población palestina que habita esos territorios. Cambia el sujeto, pero la lógica de fondo es la misma, y es en ese contexto donde conviene leer el libro.

Sus autores, vinculados a la yeshivá Od Yosef Jai del asentamiento de Yitzhar, construyen un sistema jurídico que amplía las circunstancias en las que la muerte de no judíos podría considerarse compatible con la Halajá. El cambio decisivo no está tanto en las respuestas que ofrecen como en la pregunta que introducen: hasta entonces se discutía si una persona representaba una amenaza presente; Torat HaMelej desplaza el eje hacia si una persona podría llegar a convertirse en una amenaza futura. La tesis de fondo, resumida, es que la legitimidad de matar deja de depender exclusivamente de una agresión concreta y pasa a apoyarse también en un peligro potencial. Ese desplazamiento toca uno de los principios básicos de cualquier Estado de derecho: que las personas responden por sus actos, no por lo que otros imaginan que podrían llegar a hacer.

La importancia del libro tampoco está solo en su contenido, sino en el respaldo que recibió. En el mundo rabínico, una haskamá no implica compartir cada conclusión de una obra, pero sí indica que merece ser publicada y estudiada. Que rabinos influyentes del movimiento de los asentamientos dieran ese respaldo convirtió a Torat HaMelej en algo más que la obra de dos autores radicales: la legitimó dentro de un sector significativo de ese universo ideológico.

Sería deshonesto afirmar que Torat HaMelej representa al judaísmo o al conjunto del sionismo religioso —no lo hace, y numerosos rabinos rechazaron sus tesis y cuestionaron su metodología—, pero también sería un error minimizar su peso. Las ideas tienen consecuencias: con el tiempo, modifican la manera en que una sociedad define quién pertenece plenamente a la comunidad moral y quién queda afuera de ella.

No resulta casual que, sobre todo desde el 7 de octubre de 2023, la expresión “emigración voluntaria” haya ganado terreno en el discurso de algunos dirigentes políticos y religiosos respecto de Gaza y de Judea y Samaria. No sostengo que Torat HaMelej proponga un programa político de emigración, ni que todos quienes hoy defienden esa idea compartan las tesis del libro. La relación que veo es otra: en ambos casos aparece la misma transformación moral. La presencia palestina deja de entenderse como una realidad humana y política con la que hay que convivir, y pasa a tratarse como un problema cuya solución es su desaparición del territorio. Cambian los instrumentos, pero la lógica permanece.

Ese es, a mi juicio, el verdadero motivo por el cual Torat HaMelej sigue siendo tristemente relevante: no porque haya determinado por sí solo la evolución del nacionalismo religioso radical, sino porque es uno de los momentos en que esa evolución quedó formulada de manera explícita y sistemática. Los libros no crean por sí solos las corrientes de pensamiento; las expresan, las ordenan, les dan lenguaje. Mi tesis no es que Torat HaMelej haya originado esta corriente, sino algo quizá más inquietante: que es el momento en que esa corriente decidió escribirse a sí misma.


[1] ¿Por qué utilizo el término “neo-nazi”? No me refiero al movimiento nazi alemán ni sostengo una identidad histórica entre ambos fenómenos. Uso la expresión para describir el resultado de una profunda atrofia ética que desemboca en una cosmovisión supremacista: la atribución de distinto valor a la vida humana según la pertenencia nacional o religiosa, la deshumanización sistemática del otro y la aceptación de la violencia o el desplazamiento forzado como soluciones moralmente admisibles. El término describe ese mecanismo moral y político; no busca equiparar procesos históricos distintos.