Este comienzo de año del calendario hebreo-israelí nos vislumbra un mes y medio de «tiempo muerto», que es a su vez el más activo, significativo y trascendental que nos toca vivir como sociedad civil en los últimos años.
Las Altas Festividades y los tiempos políticos en Israel convergen en forma crítica este año. Por un lado, los Aseret Iemei Tshuva (Rosh Hashaná y Iom HaKipurim) nos convocan a hacer un alto en la vorágine cotidiana para entrar en un espacio de pausa, introspección y renovación; por el otro, el debate público y las dinámicas electorales arrastran a la sociedad a un clima de polarización y confrontación constante.
El «ruido» de las campañas electorales opaca el silencio reflexivo que las solemnes festividades demandan. Sin embargo, cuando observamos la realidad social con una mirada crítica y objetiva, vemos que el nuevo año y el proceso democrático se entrelazan en un mismo interrogante existencial y ontológico: ¿Qué tipo de sociedad elegimos construir y de qué manera asumimos la responsabilidad sobre nuestro futuro común?
El Jeshbón Nefesh como imperativo cívico, individual y colectivo
Desde una perspectiva judía laica y humanista, Rosh Hashaná no es una mera celebración ritual ni la espera pasiva de decretos ajenos a la voluntad humana. Es, fundamentalmente, la afirmación de la dignidad humana (Kvod HaAdam), del libre albedrío y la prueba tangible de la capacidad transformadora de los seres humanos en la historia.
En esta coyuntura particular, el concepto tradicional de estas Altas Fiestas, el Jeshbón Nefesh (especie de introspección o examen de conciencia) trasciende la esfera estrictamente personal para adquirir una dimensión colectiva y nacional.
En una democracia, el voto, el compromiso cívico y la participación no son meros actos mecánicos de consumo político, sino la realización concreta de ese examen colectivo: un análisis riguroso sobre la salud de nuestras instituciones, la integridad ética del liderazgo, la brecha entre los ideales enunciados y la realidad social y las prioridades que guían la vida de un país.

El sonido ancestral del Shofar opera aquí como una poderosa metáfora de alarma cívica. Apela a despertar la conciencia crítica y la acción y se transforma en una invitación a evitar el letargo de la apatía, a rechazar la resignación frente al cinismo político y a recordar que la democracia no es un estado definitivo que se hereda, sino una construcción ética frágil que exige ser renovada día a día.
Otro de los conceptos centrales de estas festividades es la Tshuvá (retorno o renovación) que, en el ámbito público o comunitario, implicaría reparar los lazos sociales fracturados por las desigualdades y privilegios que corroen la convivencia. Es menester aspirar a una sociedad que garantice la justicia social, la lucha contra la corrupción gubernamental, el extremismo y el mesianismo político – religioso y ponga como bandera central el respeto por las instituciones y los derechos cívicos y humanos.
La tradición como patrimonio vivo, el humanismo como ética de la libertad.
Superar la falsa dicotomía entre secularismo y tradición es quizás uno de los desafíos culturales más apremiantes en amplias capas del pueblo judío, tanto en Israel como en la Diáspora. Durante décadas, el discurso dominante ha presentado esta relación como una paradoja irreconciliable: o se abraza la norma dogmática o se renuncia al legado cultural. Esta visión empobrece y vacía la vida judía, extremiza posiciones y fragmenta la identidad colectiva.
Desde el humanismo judío, la tradición y el laicismo no son dimensiones antagónicas, sino dos fuentes que se nutren mutuamente:
Por un lado, la apropiación crítica de la cultura judía: el laicismo humanista no equivale a la vacuidad ni a la negación del pasado. Consiste en una actitud de apropiación libre, autónoma y crítica de la herencia cultural milenaria del pueblo judío. Los textos clásicos, las ceremonias, los rituales o las festividades no son propiedad exclusiva de ninguna corriente ni de ningún monopolio institucional; constituyen el patrimonio común de siglos de historia de nuestro pueblo.
La tradición secular – humanista judía se reencuentra en forma libre con su bagaje cultural histórico, crea un lenguaje ético, universalista e inclusivo, y se reapropia de sus textos y fuentes desde una perspectiva humana y pluralista.
Por el otro, la tradición como acelerador de renovación judía.Entendida desde esta perspectiva, la tradición deja de ser un museo de normas estáticas o un instrumento de coerción política o religiosa para convertirse en una fuente de inspiración y enriquecimiento. La premisa judía de que el ser humano es un socio activo de la «reparación del mundo» (Tikún Olam) coincide con los valores fundamentales del humanismo universal.
Ni la tradición es patrimonio exclusivo del dogmatismo, ni el secularismo es un territorio desprovisto de valores y trascendencia ética.
A modo de conclusión: del enfrentamiento ideológico a la responsabilidad compartida
De esta manera, llevar esta perspectiva humanista al terreno electoral, implica transformar radicalmente el lenguaje de la política:
- Sustituir la «trinchera política» por la reflexión compartida. Frente a una cultura política que se nutre de la polarización y la demonización del adversario, se vuelve fundamental rescatar la tradición del debate pluralista. La diversidad de posturas en la sociedad israelí no debe ser gestionada como una amenaza a la unidad, sino como la condición imprescindible de una democracia firme y estable.
- Reafirmar el papel de la educación pluralista como pilar fundamental. Tema soslayado en forma sistemática por los últimos gobiernos de Israel y vital para una convivencia social pacífica. El destino de un país no se resuelve únicamente en la noche de los comicios; se construye cotidianamente en las aulas, en los movimientos juveniles y en los espacios de la sociedad civil. Formar ciudadanos con pensamiento crítico, empatía social y compromiso ético es la verdadera garantía de continuidad y progreso.
- Desmitificar las soluciones mesiánicas. Una mirada humanista exige madurez ciudadana. No existen líderes ni fórmulas mágicas que vayan a resolver por decreto los dilemas complejos de la convivencia. La responsabilidad es colectiva y se distribuye en las acciones cotidianas de cada individuo y de cada sociedad.
Desde este horizonte, comenzar un nuevo ciclo del calendario hebreo y acudir a las urnas simultáneamente, significa encarar la historia como judíos/ciudadanos libres, comprometidos y concientizados.
Al escuchar el Shofar en vísperas de este Rosh Hashaná y al depositar el voto en la urna, el gesto cívico y el sentido festivo se unen en una sola visión: la convicción de que el bienestar de la sociedad, la equidad social y la dignidad de cada persona dependen, en última instancia, de nuestra capacidad de actuar con libertad, sentido ético y empatía hacia el otro. En esa intersección entre memoria histórica, conciencia y acción se manifiesta el verdadero significado de un nuevo comienzo individual y colectivo para Israel y para todo el pueblo judío. De nosotros depende…
Shana Tova ubejira tova!
Buen año y buena elección!