Todavía decir nosotros

Entre la defensa legítima frente al antisemitismo y la necesidad de que esa defensa no se convierta en un límite para toda pregunta, entre el dolor propio y el dolor del otro, el rabino Diego Elman propone una reflexión incómoda para estos Iamim Noraim. No se trata de repartir culpas ni de borrar responsabilidades, sino de recuperar algo que parece cada vez más difícil: llorar a los propios sin dejar de ver a los otros y, aun en medio de las diferencias, volver a decir “nosotros”.
Por Diego Elman*

Al terminar un servicio religioso de Shabat, una mujer de la comunidad me esperó en la puerta para decirme que este año no sabía qué pedir.

—Antes pedía por la paz. Ahora no sé cómo se dice eso sin que alguien se ofenda.

Le respondí algo que se me ocurrió en el momento y me fui a casa sabiendo que le había contestado mal.

Los Iamim Noraim llegan otra vez a un mundo en el que cada dolor parece necesitar negar el dolor del otro. Israel vuelve a las urnas el mes que viene, y la campaña se parece menos a una discusión sobre políticas que a un ajuste de cuentas por estos tres años. Los secuestrados volvieron, los vivos y los muertos, hasta el último, y nadie diría por eso que la historia terminó. Hay demasiado en ruinas y una violencia que no se apaga ni se transforma. Y conversaciones que ya no se tienen porque uno sabe cómo empiezan y sabe cómo terminan.

El calendario judío, mientras tanto, hace lo que hace siempre: más allá de cualquier opinión, llega igual.

Y llega con una liturgia que nos deja en una posición incómoda. En Iom Kipur nos golpeamos el pecho y recitamos una lista alfabética de faltas: ashamnu, bagadnu, gazalnu. Somos culpables, traicionamos, robamos. Toda la lista está en primera persona del plural. La liturgia no ofrece ahí una versión individual: no decimos ashamti, «yo fallé». El que se cree impecable golpea su pecho igual; el que llega deshecho también. Los dos dicen exactamente la misma frase, uno al lado del otro, sin saber cuál es cuál.

Eso, que parece una rareza del rezo, es la discusión que estamos teniendo.

Lo que más se escucha este año no es culpa: es inocencia. Todos tenemos preparada la lista de las faltas ajenas, ordenada, alfabética, sabida de memoria. El problema de la lista del Iom Kipur es que es la de uno.

Claro que decir ashamnu no significa que todos hayamos hecho todo. No distribuye por partes iguales la responsabilidad de quien dio una orden, quien miró para otro lado y quien intentó impedirlo. La culpa no es una bolsa que se reparte entre todos para que nadie cargue demasiado. Hay responsables concretos, y borrar las diferencias también sería una forma de mentira.

El plural del rezo dice otra cosa. Dice que vivo entre otros y que no puedo pensarme completamente separado de lo que hacemos juntos. Que quizá no elegí a quien tomó una decisión, pero vivo con sus consecuencias. Que puedo no haber pronunciado una frase cruel y, sin embargo, haberme acostumbrado a escucharla. Que a veces alcanza con guardar silencio para que ciertas palabras empiecen a parecer normales.

La mujer que me esperaba en la puerta no dio ninguna orden ni justificó ninguna muerte. Lo único que le pasó fue que se quedó sin manera de decir lo que quería. Eso también nos pasó entre todos.

Por eso revisarse no es traicionar a nadie. Un pueblo que produjo a Amós y a Jeremías, hombres que amaron a su gente lo suficiente para decirle cosas insoportables, no puede tratar la autocrítica como deslealtad. El antisemitismo creció, es real y hay que nombrarlo sin anestesia. Pero un peligro real no puede convertirse en un escudo que vuelva imposible cualquier pregunta. Si el precio de estar seguros es dejar de pensar, ya perdimos algo que ninguna seguridad nos devuelve.

Del otro lado pasa algo parecido y no escucho a casi nadie decirlo. Hay quienes hablan de estos tres años con una fluidez que asusta, sin que se les mueva un músculo por los muertos que no son suyos. Personas capaces de explicar cada muerte, o de convertirla en nota al pie de su posición política. Sostener dos duelos a la vez no es tibieza ni equidistancia; es lo mínimo que se le puede pedir a un adulto. El que solo puede llorar a los propios todavía no aprendió del todo a llorar.

Hay una mishná en el tratado Iomá que siempre me pareció muy fácil de leer y difícil de digerir. Dice que las faltas entre una persona y Dios, Iom Kipur las expía; pero las faltas entre una persona y su prójimo, Iom Kipur no las expía hasta que uno haya buscado el perdón de su prójimo.

El día más sagrado del calendario se declara insuficiente a sí mismo. La liturgia admite que hay cosas que no puede hacer. El ayuno no te ahorra la llamada, ni la disculpa, ni la conversación difícil, ni el mensaje que venís postergando hace tiempo. Eso lo hacés vos o no se hace. Podemos pasar veinticinco horas en la sinagoga y salir iguales. Dios perdona lo que le corresponde. Lo demás queda en nuestras manos.

Nadie se repara solo. Para volver hace falta alguien dispuesto a recibirnos, y para que una sociedad vuelva hace falta que todavía conserve un idioma en el que puedan hablar quienes ya no se soportan. Nosotros casi lo perdimos.

Y todavía queda lo más difícil, que es volver. Nadie vuelve al 6 de octubre. Nadie vuelve a las conversaciones que teníamos antes, ni a la persona que era cada uno antes de todo esto. Lo único que podemos hacer es retomar una dirección, aceptar que el pasado tiene derecho a la primera palabra, pero no a la última, y seguir caminando.

A la mujer que me esperaba en la puerta le habría querido decir esto, y se lo digo ahora, tarde y por escrito: que pida igual. Que pida por la paz, aunque la palabra esté gastada, aunque suene ingenua, aunque alguien se ofenda. Las palabras no se arruinan por usarlas. Se arruinan cuando dejamos de usarlas y se las prestamos a otros.

No sé si este año vamos a poder pedirnos perdón. Sospecho que a muchos nos va a costar más que otras veces. Pero la liturgia, que es más sabia que nosotros, no pide tanto: pide que digamos nosotros. Que nos golpeemos el pecho por faltas que a lo mejor no cometimos, parados al lado de gente con la que a lo mejor no estamos de acuerdo, en el mismo espacio y en el mismo idioma.

Es lo poco que nos queda en común, y este año no es poco.

Gmar jatimá tová. Que seamos sellados, todos, en el libro de los que todavía se animan a decir nosotros.

* Rabino de la Comunidad Mishkán