“Seis lecturas sobre el Holocausto” (Editorial Astier, 2026), de Yoel Schvartz

La Shoá y las preguntas del presente

El Holocausto no es solo un acontecimiento del pasado: también es un campo de disputa sobre la memoria, la interpretación y el sentido del presente. El libro “Seis lecturas sobre el Holocausto”, del historiador Yoel Schvartz, propone recorrer algunas de las obras fundamentales de la historiografía de la Shoá para preguntarse cómo se construye el conocimiento histórico, cómo comprendemos a víctimas y perpetradores y qué riesgos aparecen cuando la memoria se transforma en consigna. Ofrecemos aquí el prólogo del libro, a modo de adelanto.
Por Yoel Schvartz

Todo libro tiene en rigor más de un inicio. Un inicio fácilmente rastreable de este trabajo se remonta a los meses de encierro y angustia del primer año de la pandemia.

En aquel momento, los amigos de Tzavta Usina Cultural y el Periódico Nueva Sion, de Buenos Aires, me propusieron armar un curso virtual en torno a los libros del Holocausto. Creí en ese momento que ese curso tenía que ser un espacio para pensar la historiografía. Cargo una antigua obsesión personal por entender cómo se construye el conocimiento histórico, una inquietud que a lo largo de los años intento compartir con mis alumnos y colegas. Enseñar, para mí, siempre ha sido también preguntar cómo sabemos lo que sabemos y de qué manera elegimos narrar la historia. El resultado de ese encuentro entre una necesidad y una búsqueda personal fue el curso “Seis lecturas sobre la Shoá”, dictado entre fines de 2020 y comienzos de 2021, que constituye el esqueleto de este libro.

Se puede rastrear también un origen más remoto: desde hace dos décadas guío a grupos de estudiantes por los escenarios del Holocausto en Europa. Mis primeros recorridos entre las ruinas de un mundo desaparecido y los escombros de su destrucción en lugares como Auschwitz me confrontaron con aquello que algunos denominan “el grado cero de la civilización”. Allí, donde la modernidad alcanzó su punto más bajo, despojando al ser humano de todas sus corazas y reduciéndolo a una vida desnuda, encontré en forma descarnada las grandes preguntas fundamentales: sobre la agencia humana, el rol de las ideas, el individuo frente al grupo y al Estado, los mecanismos de defensa del yo en situaciones traumáticas. Muchas de mis lecturas posteriores, acaso todas, buscan dialogar consciente o inconscientemente con ese encuentro.

Este libro nace también de una convicción profunda: la historiografía del Holocausto no es un ejercicio académico neutral, sino un campo de batalla donde se disputa el sentido del pasado y, con él, las posibilidades del futuro. Escribir sobre el Holocausto es tomar partido contra el olvido, contra la banalización y contra las fuerzas que, ayer y hoy, buscan negar, minimizar o instrumentalizar el genocidio más documentado de la historia humana.

La historiografía no es inocente. Cada elección metodológica, cada marco interpretativo, cada decisión sobre qué voces privilegiar y qué silencios romper o preservar, constituye un acto político. En el caso del Holocausto, esta dimensión política se vuelve aún más evidente: estamos ante un acontecimiento que desafía los límites de la comprensión humana y que, simultáneamente, ha sido objeto de un debate interpretativo que persiste en nuestros días.

Es importante señalar que este es un libro escrito en español, en Israel, para un público latinoamericano. Esta triple coordenada —la lengua, el lugar de escritura, el destinatario— no es accidental ni neutra. Escribir sobre el Holocausto desde Israel, donde la memoria de la Shoá forma parte del tejido nacional y político de formas complejas y a veces problemáticas, impone una distancia crítica particular. Aquí en Israel, donde la memoria del genocidio ha sido movilizada históricamente para justificar políticas estatales, construir identidad nacional y clausurar debates legítimos sobre el presente, la historiografía del Holocausto nunca puede ser un ejercicio puramente académico. Escribir en español y hacerlo para lectores latinoamericanos me sitúa en una posición de doble exterioridad: no escribo desde el establishment israelí de la memoria, desde la academia anglosajona que domina gran parte de esta producción historiográfica, ni desde las comunidades judías de la diáspora que producen sus propias lecturas del genocidio.

Esta ubicación tiene ventajas y limitaciones. Por un lado, la experiencia de vivir en un país donde el Holocausto está presente en el espacio público, en los nombres de las calles, en las ceremonias cívicas, en los debates políticos cotidianos, ofrece una perspectiva sobre cómo la memoria histórica se convierte en memoria viviente, pero también en instrumento político. Por otro lado, escribir en español para un público hispanoamericano me exige traducir no solo conceptos sino también sensibilidades: las preguntas que se hace un lector argentino, mexicano o brasileño sobre el Holocausto no son necesariamente las mismas que se haría un lector israelí o estadounidense. Y eso, lejos de ser un obstáculo, me parece un punto de partida productivo para pensar la universalidad y la especificidad de esta catástrofe histórica.

Vale la pena aclarar que en ningún momento este libro intenta mostrar, y mucho menos “representar”, una perspectiva israelí de esta historiografía. Mi ubicación geográfica no determina mi posición intelectual. Pero sería ingenuo pretender que escribir desde aquí no condiciona la mirada, ni introduce preguntas específicas, ni genera ciertos énfasis. Lo que ofrezco es una lectura situada, consciente de sus propias condiciones de producción y dirigida a un público que merece ser tomado en serio en su capacidad para pensar críticamente sobre estos temas.

Este trabajo aborda una tensión fundamental en nuestra aproximación al Holocausto. Para quienes hemos nacido en la segunda mitad del siglo XX o en los primeros años del siglo XXI, el nazismo representa el horror absoluto: el quiebre de la civilización, la deshumanización sistemática, la instrumentalización de la razón para la administración de la muerte industrial. Esta comprensión nos vuelve especialmente sensibles al sufrimiento de las víctimas, con quienes nos resulta relativamente cómodo identificarnos.

Vivimos, además, en una época caracterizada por lo que podríamos denominar una “competencia de victimizaciones”, donde diversos grupos identitarios pugnan por el reconocimiento de sus sufrimientos históricos, buscando validación en el espacio público a través de la reivindicación de memorias traumáticas. Este fenómeno, que ha permitido visibilizar injusticias históricas silenciadas, también ha condicionado nuestra manera de aproximarnos al pasado, privilegiando la identificación con el sufrimiento por sobre la comprensión de su génesis.

Esta sensibilidad contemporánea no siempre nos brinda las herramientas para entender el complejo proceso mediante el cual personas comunes se transformaron en perpetradores. Construimos al “nazi” como un “otro” ultimativo, como la encarnación de una maldad tan absoluta que parece situarse fuera de lo humano, lo que paradójicamente nos impide comprender los mecanismos sociales, psicológicos e históricos que permitieron su surgimiento. Un elemento ineludible en cualquier estudio sobre el Holocausto es el papel del antisemitismo y la compleja articulación entre la historia europea y la historia judía. La persecución y exterminio de los judíos no fue un fenómeno aislado ni accidental, sino uno de los desenlaces posibles de siglos de antagonismo, exclusión y violencia que acaso decantaron en el nazismo su expresión más radical y sistemática. Comprender la especificidad del antisemitismo moderno y su pasaje de prejuicio religioso a ideología racial es crucial para cualquier aproximación a la historiografía del Holocausto, incluso cuando varios de los autores que estudiaremos problematizan su carácter estructurante en la cosmovisión nazi. Este debate sobre el peso del antisemitismo en la génesis y desarrollo del genocidio es uno de los ejes fundamentales que atraviesa la historiografía que analizaremos.

El negacionismo no es solo una aberración marginal, sino una amenaza persistente que ha mutado y se ha adaptado a los nuevos tiempos. Desde las formas burdas de negación directa hasta las versiones más sofisticadas del revisionismo, pasando por la relativización y la inversión de roles entre víctimas y victimarios, estas narrativas tóxicas continúan circulando, amplificadas por las redes sociales y legitimadas ocasionalmente por discursos políticos irresponsables. Por eso, este libro asume una postura clara: la historiografía del Holocausto debe ser simultáneamente rigurosa en su método y comprometida en su ética. No existe contradicción entre la búsqueda de la verdad histórica y el compromiso con la justicia y la memoria. Al contrario: es precisamente el rigor historiográfico el que nos permite desmantelar las falsedades del negacionismo y honrar la memoria de las víctimas con la verdad que merecen.

Existe una comprensible resistencia a establecer analogías entre el nazismo y el Holocausto con fenómenos posteriores. Esta reticencia se fundamenta en el temor legítimo a la banalización del trauma y en el reconocimiento de que el Holocausto constituye un escándalo (skandalon) moral e intelectual de proporciones únicas, especialmente en una sociedad mediática donde las imágenes del horror circulan con facilidad y son sometidas a manipulaciones interesadas. La singularidad histórica del Holocausto, argumentan muchos, debe ser preservada para mantener su potencia testimonial y su capacidad para conmover nuestras conciencias.

No obstante, el pensamiento analógico es casi constitutivo de nuestra forma de comprender el mundo. Comparamos para entender, establecemos relaciones para dotar de sentido. La analogía no implica equivalencia, sino un método para iluminar puntos de contacto y divergencias. La diferencia crucial es que podemos identificar mecanismos que operan en contextos diferentes sin establecer equivalencias morales que borren las especificidades históricas. Renunciar por completo a la posibilidad de establecer conexiones entre el Holocausto y otros eventos históricos nos privaría de herramientas fundamentales para identificar, en nuestro presente, aquellos mecanismos que posibilitaron la catástrofe: la deshumanización gradual del otro, la burocratización de la violencia, la fragmentación de la responsabilidad moral, la construcción social del odio y la complicidad de los espectadores.

Como señaló Jean-François Lyotard: “Auschwitz fue un terremoto que destruyó sus propios instrumentos de medición”. Este libro es mi versión inacabada y muy personal del esfuerzo por construir herramientas para pensar lo humano a partir de este quiebre civilizatorio. Intenta explorar la intrincada relación entre la investigación histórica rigurosa, la memoria personal con sus cargas emocionales, y la memoria colectiva con sus imperativos políticos y éticos. Es también, inevitablemente, un libro sobre nuestro presente: sobre cómo las formas en que narramos el Holocausto condicionan nuestra capacidad para reconocer y responder a las injusticias contemporáneas.

El recorrido que propongo comienza con Raul Hilberg y su monumental La destrucción de los judíos europeos, obra que transformó nuestra comprensión del Holocausto al documentar meticulosamente la maquinaria burocrática del genocidio. Continúa con Hannah Arendt y su controvertido concepto de “la banalidad del mal”, desarrollado a partir del juicio a Adolf Eichmann, que desafió nuestras nociones sobre la naturaleza de los perpetradores. Christopher Browning nos confronta con los “hombres grises” del Batallón de Reserva 101, hombres ordinarios que se convirtieron en asesinos en masa, obligándonos a reflexionar sobre los límites de la agencia individual bajo presión extrema. Jan Gross desplaza la mirada hacia los márgenes geográficos y morales del Holocausto con su estudio del pogrom de Jedwabne, revelando la complicidad de vecinos y comunidades locales. Timothy Snyder amplía el marco espacial y temporal con Tierras de sangre y Tierra negra, situando el Holocausto en el contexto de la destrucción estatal y las políticas de exterminio en Europa del Este. Finalmente, Saul Friedländer cierra el círculo con su ambiciosa “historia integradora”, que entrelaza las voces de víctimas, perpetradores y observadores en una narrativa que preserva la perplejidad moral ante lo ocurrido.

El libro cierra con una coda sobre el debate contemporáneo acerca de la singularidad del Holocausto, que aborda una de las tensiones más productivas y conflictivas en este campo: ¿es el Holocausto un evento único e incomparable o debemos entenderlo dentro de un marco más amplio de violencias coloniales y genocidios modernos? Esta discusión, revitalizada en años recientes por historiadores como A. Dirk Moses, nos insta a preguntarnos si la insistencia en la excepcionalidad absoluta del Holocausto ilumina u oscurece nuestra capacidad para reconocer y prevenir otras formas de violencia masiva. No se trata de una cuestión meramente académica: cómo pensamos la singularidad del Holocausto condiciona directamente nuestra capacidad para establecer analogías históricas responsables y para resistir tanto la banalización como la instrumentalización política de su memoria.

Este no es un libro académico, aunque los académicos puedan sacar de él provecho, sino lo que a veces se denomina un “libro de divulgación”. En este caso, la divulgación tiene una función política deliberada: combatir la tendencia a transformar el Holocausto en un significante vacío. Me refiero a ese proceso mediante el cual el exterminio de los judíos europeos ha ido perdiendo su especificidad histórica para convertirse en una metáfora generalizada del mal absoluto, en un símbolo abstracto que puede ser invocado en los contextos más diversos, muchas veces desvinculado de sus condiciones concretas de producción. Esta vaciedad semántica no solo trivializa el acontecimiento histórico, sino que lo despoja de su potencial crítico y pedagógico, convirtiéndolo en un objeto de consumo memorial que paradójicamente obstruye, en lugar de facilitar, una comprensión profunda de sus mecanismos y de su relevancia para nuestro presente.

Tampoco es un libro de historiografía en sentido estricto, y mucho menos una investigación exhaustiva sobre la misma, empresa que a estas alturas es prácticamente imposible y, en rigor, un poco inútil, como aquel mapa borgiano cartografiado sin perspectiva alguna, de tal modo que sus contornos abarcaran la Tierra entera. Se trata más bien de una exploración de algunos textos que, en mi opinión, son fundantes. Una especie de aproximación para el lector que elija adentrarse en esta literatura apasionante e interminable. Un mapa de rutas posibles, no un catálogo completo.

Este no es un libro sobre el Holocausto en sí mismo, sino sobre cómo ha sido estudiado, narrado y comprendido por algunos de sus más importantes historiadores y pensadores. No pretende ser un relato exhaustivo de los eventos, sino una exploración de las metodologías, perspectivas y contribuciones conceptuales que han moldeado nuestra comprensión de este acontecimiento histórico. La historiografía que analizamos está en constante evolución. Cada uno de los autores estudiados contribuye significativamente a transformar nuestra forma de entender no solo el Holocausto, sino también la naturaleza del mal político, la responsabilidad individual y colectiva, y la fragilidad de las instituciones democráticas.

Estas páginas invitan a una lectura crítica y reflexiva que trasciende la mera cronología de eventos para interrogarnos sobre cómo nos relacionamos con este pasado traumático y qué podemos aprender para nuestro presente sin transformar ese pasado en un depósito de consignas vacías o un vehículo de nuestras propias convicciones.