El capricho irracional de las emociones y los algoritmos

La irresistible ascensión de la ultraderecha en Alemania

El triunfo de la AfD en Sajonia-Anhalt, con un histórico 44% de los votos, vuelve a poner a Alemania frente al fantasma de su pasado. Pero el ascenso de la ultraderecha no se explica solo por la crisis económica ni por la nostalgia de la RDA: se alimenta del resentimiento, la polarización y una maquinaria digital que convierte la indignación en fuerza política.
Por Guillermo Atlas

«El bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, sino que puede permanecer durante decenios dormido hasta el día en que despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa.»
Albert Camus, La peste (1947)

La peste danzante

En julio de 1518, en la ciudad de Estrasburgo, una mujer llamada Frau Troffea salió a la calle y empezó a bailar. Sin música, sin motivo, sin poder parar. En una semana se le sumaron otras treinta personas; hacia fin de mes, según los registros municipales y médicos de la época, eran varios cientos los que bailaban hasta el desmayo, algunos hasta la muerte por agotamiento o infarto. Las autoridades, convencidas de que la única cura posible era dejar que el mal se consumiera a sí mismo, contrataron músicos y levantaron un escenario para que la gente siguiera bailando. El resultado, previsible, fue que el contagio creció. Quinientos años después, los historiadores siguen debatiendo la causa exacta —intoxicación por el hongo cornezuelo, histeria colectiva, estrés extremo tras años de hambruna—, pero coinciden en algo más inquietante: no hizo falta ningún argumento para que esa multitud se moviera. Bastó el cuerpo del que estaba al lado.

Michel Friedman, ex vicepresidente del Consejo Central de los Judíos en Alemania, publicista, que en 2025 rompió con la CDU —el partido al que había pertenecido desde 1983— cuando la Unión votó una moción migratoria junto con la AfD, lo marcó con su tradicional énfasis, unos días después de la elección de Sajonia-Anhalt, cuando dijo que no había medias tintas en esta cuestión: no se trata de si te gusta o no el gobierno de turno, sino si quieres vivir bajo el imperio de la Constitución nacida después de la Shoá o en otra cosa. Lo definió con una imagen: hay un edificio democrático, donde conviven todas las críticas legítimas al gobierno de turno, y un edificio antidemocrático, cuyo objetivo es destruir al primero. Entre ambos no hay «muro de contención» que valga, porque el objetivo de uno es directamente la destrucción del otro.

La frase vale como punto de partida para pensar lo que pasó el 6 de septiembre en ese Land de apenas 2,12 millones de habitantes, el 2,5% de la población alemana, donde la Alternativa para Alemania (AfD) obtuvo el 44% de los votos y quedó a un paso de gobernar en solitario por primera vez en la historia de la República Federal. Es la marca más alta jamás alcanzada por un partido que la propia inteligencia interior alemana clasifica como «con certeza extremista de derecha» en cualquier elección regional de la posguerra.

El presidente del Consejo Central de los Judíos, Josef Schuster, se declaró «personalmente consternado» y responsabilizó a quien votó a la AfD sabiendo lo que representa; el propio Merz habló de una «cesura», él, que hace apenas unos años había prometido reducir a la AfD a la mitad y terminó viendo cómo la mitad reducida fue su propio partido.

Pero la conmoción, sola, no explica nada. Para una comunidad que necesita entender —no solo lamentar— es necesario analizar los datos con más frialdad de la que permite el primer impacto.

Cuadro económico

Empecemos por lo económico, porque el sentido común mediático tiende a resumir todo esto como «el voto del bolsillo vacío», y los números complican esa lectura. Sajonia-Anhalt tiene el desempleo más alto del país después de sus vecinos del Este, y su economía se contrajo en 2025 mientras la alemana en su conjunto crecía. Pero «relativo» es la palabra clave de la paradoja que más me interesa señalar: frente al resto de Alemania de hoy, Sajonia-Anhalt sigue último o casi último en casi todos los indicadores; frente a su propio pasado —los años noventa de la posreunificación, cuando el desempleo superó el 20% y colapsaron industrias enteras de la noche a la mañana—, la población de este Land nunca estuvo mejor que ahora. Las dos cosas son ciertas al mismo tiempo, y de esa coexistencia surge algo parecido al síndrome del miembro fantasma: como el paciente que sigue sintiendo dolor en una extremidad que ya no tiene, buena parte de esta sociedad sigue sintiendo el abandono de los años noventa, aunque los indicadores objetivos ya no lo sostengan.

Radiografía del votante

En este contexto surge el dato que más desarma la lectura fácil de la nostalgia por la RDA: la AfD ganó en casi todos los grupos etarios, con una sola excepción notable: los mayores de 70 años, la única cohorte con memoria política real anterior a 1990, es la que menos la vota, y ahí la CDU logra empatarla. Son sus hijos y nietos quienes más la votan. Esto sugiere un resentimiento transmitido culturalmente, heredado como relato familiar y regional, no necesariamente vivido en carne propia.

Detlev Claussen —sociólogo alemán, periodista y profesor emérito de teoría social, cultura y sociología en la Universidad Leibniz de Hannover— distingue, en conversación exclusiva con este autor, dentro del electorado de AfD un núcleo duro que estima en un 20% —presente también en el Oeste y en crecimiento sostenido en la última década— de una masa mucho mayor de voto de castigo dirigido sobre todo contra la CDU. Su advertencia más inquietante es otra: el verdadero potencial de crecimiento del partido no viene de robarle votantes a nadie, sino de movilizar a quienes no votan desde hace veinte años, un fenómeno —dice— igual de fuerte en el Oeste que en el Este.

Una encuesta de Infratest dimap para la ARD confirma el trasfondo material de ese resentimiento sin agotarlo en la migración: entre quienes se perciben en mala situación financiera, el 65% vota AfD; entre quienes se sienten en buena situación, apenas el 27%. Pero la propia AfD funde deliberadamente «seguridad interior» con «migración» en su discurso, así que separar ambos motivos en una encuesta es, en el mejor de los casos, un ejercicio artificial.

Pero es importante no leer este ascenso como una rareza regional ni como el retorno lineal del nazismo. La AfD es parte de una familia más amplia de partidos populistas que crecen en todo el Norte Global desde 2021 —FPÖ, Vox, PVV, Reform UK, Fratelli d’Italia—, cuyos votantes no eligen a sus líderes solo por fe o por las supuestas virtudes carismáticas sino porque creen que la alternativa existente arruinó sus vidas.

La especificidad alemana

El contexto histórico alemán vuelve más visible y más grave el fenómeno de la AfD, pero no lo hace ideológicamente muy diferente de sus pares europeos. Existe, según Claussen, un elemento decisivo que distingue a la AfD del resto europeo: un gesto de minimización que ni siquiera la derecha nacionalista de otros países se permite. En Francia, decir «no creo que sea grave que mi padre haya sido miembro de la SS» sería una afrenta incluso para el Rassemblement National; en Italia, el punto de referencia histórico de la propia derecha siempre fue el fascismo de Mussolini, no el nazismo.

Ulrich Siegmund, ganador de la elecciones en Sajonia-Anhalt.

Theodor Adorno, que dedicó buena parte de su obra de posguerra a estudiar las condiciones que hacen posible el ascenso de la ultraderecha, advirtió, ya en 1967, que esas corrientes no debían subestimarse por su pobreza intelectual ni por su falta de teoría, precisamente porque no necesitan una ni otra: les alcanza con administrar el resentimiento allí donde las democracias formales fallan en construir una ciudadanía verdaderamente emancipada.

Adorno tenía además un nombre para el estilo retórico que hoy reconocemos en los líderes de AfD —la apelación a lo «puro», lo «propio», lo «auténtico» frente al cosmopolitismo de las élites—: lo llamó jerga de la autenticidad, y advirtió que no era más que una forma de fabricar pertenencia allí donde el individuo moderno ya no la encuentra. Vinculó ese mecanismo con lo que llamó personalidad autoritaria: el sujeto que, frente a la impotencia económica real o percibida, no dirige su frustración hacia el sistema que la produce sino al objeto proyectivo alucinatorio que mejor calce —el migrante, la minoría, el diferente—. Es exactamente el desplazamiento que muestra la encuesta de Infratest dimap: la inseguridad económica no se traduce en demanda de redistribución, sino en demanda de exclusión.

El relato y sus fallas

Ese rasgo quedó a la vista en el propio Bundestag, el Parlamento alemán, en el debate del pleno de la semana pasada. Merz acusó a la AfD de perseguir una «limpieza étnica según origen y color de piel» con su programa de «remigración» —una frase que comentaristas conservadores como Berthold Kohler consideraron excesiva—, y recibió por respuesta una comparación del propio Stephan Brandner, gestor parlamentario de la bancada de AfD, que llamó al canciller «un extremista de izquierda desbocado». Lo más revelador, sin embargo, no fue el cruce sino la asimetría de fondo que señaló la comentarista de la ARD Sabine Henkel: la AfD tiene un relato, aunque sea un relato del abismo diseñado únicamente para asustar; Merz, que llegó a reconocer en su propio discurso que hasta ahora no supo explicar el sentido de sus reformas, dejó pasar otra vez la oportunidad de hacerlo.

Esa falla ya tiene costo político concreto: el vicepresidente de su propio partido en Sajonia-Anhalt pidió su renuncia tras la derrota, y tres de cada cuatro votantes encuestados a la salida de las urnas dijeron que Merz había perjudicado a la CDU. Der Spiegel fue más lejos y lo llamó, sin rodeos, «el hombre equivocado para este momento.»

Ese relato del abismo no circula en el vacío: prende porque las plataformas que lo distribuyen premian la indignación por encima de la moderación, y porque —como advirtió hace poco el escritor Juan Gabriel Vásquez— cada vez son menos los ciudadanos que comparan lo que reciben con una realidad común verificable. La AfD no inventó esa ruptura; aprendió a explotarla con una disciplina específica. Claussen la describe en dos capas: por un lado, el filoisraelismo declarado del partido —igual que el de Le Pen— funciona como un desplazamiento, un truco que traslada el odio abierto hacia los musulmanes mientras arrastra, sin decirlo, la vieja confusión racial del siglo XIX que fundía a árabes y judíos bajo la etiqueta seudocientífica de «semitas» —una categoría que nunca existió y que, sin embargo, todavía hoy mucha gente da por real—: el mismo prejuicio, con otro destinatario declarado. El antisemitismo real, sostiene, vive menos en ese gesto que en la propensión conspirativa del partido —Wall Street, las farmacéuticas, el rearme, la bolsa—, códigos que nunca nombran a los judíos, pero estructuralmente los aluden. Por otro lado, señala una forma nueva de propaganda que multiplica ese efecto: los memes generados por inteligencia artificial, cuyo objetivo no es convencer sino borrar la diferencia entre información real y falsa, hasta que las noticias verdaderas puedan etiquetarse como fake news y las falsas circulen sin obstáculo.

¿Prohibir o disputar?

Michel Friedman fue más lejos que cualquier comentarista partidario: dijo directamente que Merz «no cumple con la descripción de tareas» de canciller, no por falta de empatía explícita sino porque nunca aprendió que la empatía es la condición para lograr compromisos reales, «vivir y dejar vivir sin volverte insustancial». Friedman —de cuya familia fueron asesinadas cincuenta personas por los nazis— sostiene, a la vez, que el concepto mismo de Brandmauer, el «cortafuego» con el que la centroderecha se distanció históricamente de la extrema derecha, es una palabra que describe pasividad, no trabajo activo contra los antidemócratas.

Su propuesta contrafáctica es elocuente: la Unión debió decirles a sus votantes descontentos que toda crítica y toda frustración son legítimas dentro del edificio democrático, pero que fuera de él ya no se discute política cotidiana sino el fundamento constitucional del país. Y sostiene, además, que las condiciones para pedir la prohibición del partido —una posibilidad que la propia Constitución contempla como lección directa del nazismo, incluida la potestad de privar a individuos de derechos políticos activos y pasivos— ya están dadas: poder real, combinado con voluntad de violencia probada contra el orden que se intenta destruir.

El propio Friedrich Merz se mostró escéptico frente a esa vía: «no creo que con la prohibición de este partido se resuelva el problema que sus votantes ven», dijo, apostando en cambio a la disputa política.

Peligros concretos

Mientras la dirigencia debate procedimientos, la radicalización sigue su curso en el terreno. El candidato de la AfD en Sajonia-Anhalt, Ulrich Siegmund, vinculó días atrás la producción de armamento —un rubro en expansión en toda Europa por el rearme frente al riesgo ruso, no por ninguna agenda propia del partido— con lo que llamó una futura «ofensiva de remigración y deportación», argumentando que ese tipo de industria podría proveer «los medios auxiliares correspondientes» para ejecutarla. La oposición socialdemócrata calificó la frase como «una amenaza política» que evoca «modelos totalitarios».

Ese mismo clima de radicalización tuvo, por otro carril, una víctima concreta: Charlotte Knobloch, presidenta de la Comunidad Judía de Múnich y ex presidenta del Zentralrat der Juden, que se había dicho «conmocionada hasta lo más hondo» por el triunfo electoral y reiterado el pedido de prohibición, recibió una amenaza de muerte explícitamente vinculada al resultado de Sajonia-Anhalt. Tiene noventa y tres años y debió cancelar por seguridad su participación en un acto esa misma noche. La escalada tuvo también expresión callejera —más de 35.000 personas se movilizaron en 45 manifestaciones en toda Alemania desde el domingo de la elección—, y en Halle, durante una de esas marchas, desconocidos dispararon con un arma de aire comprimido desde una vivienda contra los manifestantes, hiriendo a un joven de 25 años. No es solamente una disputa parlamentaria sobre porcentajes: es un enfrentamiento que ya produce heridos y amenazas de muerte contra una mujer de noventa y tres años, un testimonio viviente de lo que hoy se intenta negar.

¿Qué significa todo esto para la comunidad judía?

La AfD es hoy, sin ambigüedad, la amenaza dominante: un partido con elementos neonazis, clasificado como extremista por el propio Estado alemán, que en Sajonia-Anhalt casi conquista la mayoría absoluta ochenta años después de la caída del nazismo. Frente a esa magnitud, circulan comentarios que insisten en equiparar «la ultraderecha y la ultraizquierda» como si fueran fenómenos simétricos, o que usan el antisemitismo real de ciertos sectores de izquierda —Friedman mismo lo reconoce sin eufemismos— para diluir la centralidad del peligro que representa la AfD hoy —error de proporción, no de precisión analítica—. El desafío no es elegir cuál enemigo es «más agradable» de nombrar, sino sostener la capacidad de ver con claridad cuál amenaza está efectivamente a las puertas del gobierno, sin que eso nos vuelva ciegos frente a las otras formas de antisemitismo que también existen y también hay que nombrar.

El próximo domingo habrá un test más amplio de todo esto: el 20 de septiembre votan Berlín y Mecklemburgo-Pomerania Occidental, con una AfD envalentonada por este resultado. Sajonia-Anhalt no fue un episodio aislado. Fue la primera medición seria de cuánto puede crecer un resentimiento que no necesita experiencia propia para transmitirse.

Frau Troffea bailó sola durante una semana antes de que nadie supiera por qué. Cuando por fin se hicieron la pregunta, la respuesta que dieron las autoridades de Estrasburgo fue contratar más músicos. Alemania tiene hoy unos días para no repetir el error: se sabrá si la coalición de gobierno todavía confunde la gestión del contagio con su cura.

El bacilo, como escribió Camus, nunca muere ni desaparece: solo duerme, paciente, en los muebles y la ropa de un país que Occidente prefirió dar por curado. La pregunta que Sajonia-Anhalt dejó abierta no es si las ratas iban a despertar, sino si alguien, esta vez, va a hacer algo antes de que salgan a la calle.