Lo que nos continúa enseñando Sucot

Unir al pueblo. Acercar las clases sociales. Que el propietario experimente lo que produce en el proletario. Ponderar al sabio. Integrar al diverso.
Por Julián Blejmar

Suelo decir en mis clases que la mayor parte de los textos que estudié en mis carreras, cuyas orientaciones fueron de humanidades, han pasado a mejor vida. Podría enumerar cientos de ellos, textos sobre la edición de periódicos, la producción radial, o el impacto de la televisión, todas tecnologías que están desapareciendo. Textos sobre el desarrollo económico basado en industrias que están dejando de existir por las economías de escala con cadenas de valor globalizadas, la robótica, y la IA.

Otros, en cambio, continúan guardando algunos diagnósticos interesantes. Karl Marx y lo material como determinación de nuestra consciencia; Sigmund Freud y otra determinación, la del inconsciente. Marshall Mac Luhan y la tecnología como una extensión del cuerpo, La Escuela de Frankfurt advirtiendo la alienación y el encierro que producen las industrias culturales. Pero por fuera de estas refinadas teorías, poco parece ser útil para entender e intervenir esta mutación antropológica que está generando una nueva sociedad.

La sabiduría detrás de Sucot

Los textos de Sucot, en cambio, son más sencillos que muchas de las teorías que ¡siguen! enseñándose en las universidades. Y tal vez allí radique una de sus sabidurías. Porque además, Sucot prácticamente no deja complejidad social del pueblo judío -en rigor, de los pueblos- sin abordar, tanto desde sus aspectos económicos como humanos, desde las identidades hasta los procesos.

La celebración se denomina de esta forma por ser el plural de Sucá, cabaña, que remonta a aquellas que construyeron los hebreos como refugios móviles en su larga travesía de cuarenta años por el desierto del Sinaí, para dejar atrás la esclavitud egipcia y arribar a la tierra de Israel. Pero también durante los tiempos en que aguardaban la cosecha en esas mismas tierras, incluso antes de la fundación del Estado en 1948. Es por eso que estas cabañas simbolizan la recompensa y los logros tras el esfuerzo, el fruto de la cosecha, la meritocracia de los antiguos esclavos y luego agricultores, no la que predican los actuales hijos de millonarios.
Otro elemento presente en todas las sociedades actuales es la polarización. Como es posible observar, ninguna de ellas ha crecido o mejorado a partir de sus divisiones cuasifratricidas. Israel ha sufrido la peor agresión desde la guerra de Yom Kipur, Argentina ha sido reducido a un simple y triste satélite colonial de Estados Unidos, quien a su vez ha ido viendo perder su hegemonía mundial y la posibilidad del sueño americano para sus habitantes, y así podríamos seguir. Entre sus múltiples significados, la Sucá se debe construir en tamaño reducido, para que sus habitantes estén cercanos y eviten la separación. Deben también tener una de sus cuatro latitudes abiertas, con el objetivo de invitar al prójimo, entendido como el extranjero, el huérfano, la viuda, el desamparado y el afligido, para de esta forma fortalecer la unión del pueblo ayudando a todos ellos, también integrantes de la sociedad.
Asimismo, debe estar construida de forma austera y sin lujos, tanto para recordar la precariedad de aquellas chozas del Sinaí y Palestina, como también para recordar cuan relativo es aquello construido por un ser tan imperfecto como el humano.

Existe, además, otro significado de esta austera construcción. Allí deben convivir durante una semana personas provenientes de diferentes clases sociales, donde sería de esperar que el millonario comprenda cómo se vivió, y como se vive, en la precariedad, incluso al lado de sus empleados u otras personas que solo cuentan con su fuerza de trabajo y el otorgamiento de su plusvalía. 

Esas características de la Sucá, reducida, sobria, austera, simboliza también al pueblo judío, -a cualquier pueblo que haya sobrevivido-, como una construcción siempre precaria y expuesta a la intemperie, pero fuerte para resistir unido, bajo un tejado también incompleto por el que atraviesan las lluvias y los vientos, pero también la luz del sol y las estrellas.

Sucot tiene además de la Sucá otro elemento de valor simbólico, como lo es el ramillete de cuatro cultivos, también vinculados a la cosecha en Palestina y que su usaban en las peregrinaciones a Jerusalén. También entre sus múltiples interpretaciones, una de ellas hace referencia a los hombres y mujeres que integran el pueblo judío, aunque podrían ser de cualquier otro, ya que encontramos allí cuatro fenotipos, que pueden destacar por su apariencia y fortaleza en el caso de las ramas de palmeras, (Lulav), por su sabiduría en relación al internamente macizo arrayán (Hadas), por las buenas acciones que impregnan a otros, como el aromático limonero (Etrog) pero también a quienes están tristes y no se destacan, como el sauce llorón (Aravá). Todos ellos son incluidos en el ramillete, lo que implica que nadie de todos ellos sobra ni está demás en la conformación del pueblo.   

Unir al pueblo. Acercar las clases sociales. Que el propietario experimente lo que produce en el proletario. Ponderar al sabio. Integrar al diverso. Todo ello sigue enseñando Sucot.

Agradecimiento: Rabino Yerahmiel Barylka