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Todo está guardado en la memoria

Tres amigos, una época de ideales y convulsiones, y una memoria que se resiste a quedar fijada en una única versión. "La memoria es un campo de batalla", editado por Tzavta Usina Cultural, recorre militancias, exilios, regresos, afectos y desencuentros, mientras la historia de Gregorio Levin introduce también la experiencia judía en el entramado de una generación atravesada por la política.
Por Laura Haimovichi

La memoria despierta para herir a los pueblos dormidos que no la dejan vivir libre como el viento. (León Gieco)

¿Qué es lo que nos queda de los años sesenta y setenta? ¿Cómo recuerdan los jóvenes de ayer esos años convulsionados (cuándo no) de la política argentina? ¿De qué modo se van construyendo dentro del campo popular la inteligibilidad y el recuerdo emocional de aquel tiempo? Y ¿qué incidencia, si es que la tiene, provocan la memoria personal y la social en el presente? Son preguntas de respuesta aproximadas, seguro inabarcables, que se abren cuando nos conectamos con las obras de arte, que refieren directa o elípticamente al pasado.

El cine, el teatro, las canciones, la pintura y la literatura se han encargado de mantener vivo ese período tan significativo del siglo XX. La memoria no surge solo desde el testimonio, sino desde la creación libre de las obras artísticas que, muchas veces, permiten que los ausentes y los sobrevivientes puedan decirnos tanto o más que las fuentes documentales.

A través de la novela La memoria es un campo de batalla, publicada por Tzavta Usina Cultural, el escritor Mauricio Goldberg nos propone una polifonía de voces para releer un pasado no tan lejano, a la luz de la duración de los tiempos históricos.

Desde su Córdoba natal, aquella de la revista Hortensia, del Cordobazo y de dirigentes insoslayables como Agustín Tosco, Atilio López y René Salamanca, tres amigos jóvenes se embanderan, participan, se comprometen y luchan con la esperanza de que las transformaciones para el bienestar general se plasmaran a la vuelta de la esquina. Pero, lo sabemos, las cosas resultan muy diferentes de lo que parece proponer el clima de época. Y, entonces, después de los años de plomo, surgen las miradas más o menos piadosas hacia esa etapa en la que creyeron que los cambios estructurales estaban a la vuelta de la esquina. 

Uno de los epígrafes que precede a la fábula trae a cuento una leyenda judía que señala: Uno muere tres veces. La primera es la muerte física. La segunda es cuando ya nadie te recuerda. La tercera es cuando falsifican tu memoria.

La conciencia de pertenencia a un colectivo siempre en movimiento les impone a los personajes una nueva educación sentimental, una renovación de la sensibilidad. Pero, sobre todo, es la sed vital lo que los ubica en el presente del relato, a una distancia crítica no exenta de nostalgia, duda y un imperativo ético que rescata con afecto las distintas batallas libradas contra la opresión.

A la novela de Goldberg la habitan desde aquellos que idealizan y endulzan la violencia de las cúpulas guerrilleras, pasando por los que cuestionan el abandono de la memoria y reconocen en esa deserción uno de los logros más eficaces de la dictadura, hasta la dificultad para encontrar un lugar en el nuevo mapa de los acontecimientos. Allí están Jorge, Pablo y Gregorio, aunque también, la perspectiva de Silvia, con un feminismo apacible que se burla de esos “hombres fuertes”. O la de Natalia, de la nueva generación, quien, a diferencia de sus mayores que intentaron revolucionar, “gestiona”.

Goldberg divide el conjunto del texto en seis partes con capítulos situados, cuyos títulos resultan reveladores: El viento de la historia sopla huracanado; Las llamas del incendio empiezan a propagarse; Ideales, Utopía, Tragedia; Exilio. El mundo como refugio. Jorge Tello; Pablo Bocian, Gregorio Levin; El regreso. Ideas. Ilusiones. Realidad; Política, Familia. Dogmas. Afectos; Familia. Padre. Hija. Diferencias.     

Para aquellos muchachos de la misma edad que Goldberg (los de la realidad y los de la ficción) los sueños se convierten en pesadillas que dibujan huellas indelebles. Son los protagonistas de la revolución inconclusa los que, a partir del dolor, tejen recuerdos que celebran la alegría de la lucha, duelan como pueden la decepción y procuran encontrar nuevas herramientas para la solidaridad y el cambio.

El autor, un francotirador literario y porteño de La Paternal, nació a fines de 1950 y “transitó varios oficios y menesteres para ganarse el pan cotidiano”. Fueron tareas que le permitieron darle un lugar concreto a su disposición para crear sus cuentos y novelas.

Pasar del dogmatismo del PC y otras organizaciones de izquierda a la participación en un movimiento de masas, cuestionar el desviacionismo de la lucha armada, unirse en la estrategia y disentir en la práctica, cruzar el borde y traicionar, anhelar la tibieza del cuerpo amado y la cercanía de los hijos. De todas estas cosas también trata La memoria es un campo de batalla.

No se trata de una novela-ensayo, sino de una donde las reflexiones están encarnadas en criaturas que conversan sobre los propios haceres y quehaceres con el lenguaje de una temporalidad que avanza hacia un destino (no del todo) desconocido: orga, foco, cóctel molotov, montos, erpios, vanguardia esclarecida, clandestinidad, lista negra, exilio, regreso, empresa privada, celular, funcionario.

Con una prosa amena, la fluidez y el verosímil de los diálogos y una localización acertada, el relato va creciendo en las acciones cotidianas de los personajes. El alto nivel de detalle, no descriptivo, está plenamente al servicio de la trama.

Atento al nivel pasional que opera como motor y albergue de la historia, Goldberg nos habla de las revueltas de los años vertiginosos de radicalización política y de los cuestionamientos que, a posteriori, se suscitan entre los compañeros y camaradas de militancia, ya a la intemperie y desperdigados.

Así, la “fábula sin moraleja” no funciona solo como un entretenimiento para el lector sino como uno de tantas formas de seguir reparando las heridas, reestablecer el lazo dañado y ayudar a saldar las discusiones sobre el devenir de esa etapa clave de la historia contemporánea argentina.