Un historiador con autoridad prestada

Jeffrey Herf somete el nuevo libro de Omer Bartov a un examen implacable. Sin notas al pie ni contraste con la evidencia disponible, sostiene Herf, “Israel: What Went Wrong” acusa a Israel de genocidio apoyado en el prestigio que Bartov ganó como historiador de la Shoá. Un repaso por los puntos centrales de esa controversia: Hamás, 1948, la memoria del Holocausto y las raíces del antisemitismo.
Por Guillermo Atlas

En junio de 2026, en el Israel Journal of Foreign Affairs, Jeffrey Herf, profesor emérito de Historia en la Universidad de Maryland y autor de estudios sobre el antisemitismo de derecha, de izquierda e islamista, publica una crítica severa de Israel: What Went Wrong (todavía sin edición en castellano, «Israel: qué salió mal»), el último libro de Omer Bartov, aparecido en abril en Farrar, Straus and Giroux. El título del ensayo condensa su hipótesis: la pregunta que da nombre al libro de Bartov se vuelve contra su autor.

Herf reconoce la estatura de Bartov en el terreno donde la ganó. Nacido en el kibutz Ein HaHoresh, criado en Tel Aviv, hijo del novelista Hanoch Bartov y profesor en Brown desde el año 2000, Bartov renovó la comprensión de las relaciones entre ideología nazi, estructuras militares y agencia individual con sus trabajos sobre la Wehrmacht en el Frente Oriental y sobre Buczacz, el pueblo de Galitzia de su madre. Sus ensayos sobre el genocidio, en cambio, carecen a juicio de Herf del trabajo de archivo que respalda esos libros. Nunca publicó una investigación documentada sobre la historia de Israel, pero ha logrado presentarse como autoridad en la materia y, sobre todo, en la guerra de Gaza.

Herf llama a ese mecanismo «traspaso de prestigio», es decir, que quien ha demostrado rigor en un campo invoca su condición de historiador para opinar, con pretensión de superioridad, sobre otro. El libro de abril sería un ejemplo. Carece de notas al pie y no discute las evidencias que podrían contradecirlo, de modo que el lector queda obligado a aceptar sus afirmaciones por la palabra del autor y el sello de la editorial. Para Herf, esa ausencia de aparato crítico delata una convicción: Bartov considera su tesis tan evidente y moralmente intachable que ve en el desacuerdo negación de los hechos o extravío moral.

La acusación de genocidio y su prueba

El núcleo del libro es la afirmación de que, tras el 7 de octubre, Israel declaró su intención de destruir al pueblo palestino de Gaza, en todo o en parte, y actuó en consecuencia, con lo que alcanzó el umbral de la Convención sobre el Genocidio. Herf observa que las pruebas ofrecidas son declaraciones airadas de dirigentes israelíes sobre la inhumanidad de los asesinos de Hamás, citadas de forma selectiva. Bartov no puede mostrar una sola declaración oficial del primer ministro o de un vocero del gobierno que anuncie ese propósito, porque no existe. Israel declaró la guerra para derrotar a Hamás, un dato que el libro pasa por alto.

La comparación con la historiografía de la Solución Final resulta especialmente dura. Herf recuerda que Bauer, Browning, Friedländer, Hilberg, Kershaw, Longerich y tantos otros invirtieron miles de páginas, decenas de miles de notas y años de archivo en reconstruir la cadena causal entre la ideología de Hitler y las decisiones que llevaron a los Einsatzgruppen y a los campos de exterminio. Bartov, sin acceso a los archivos israelíes y sin examinar el registro público de la toma de decisiones, sostiene que los ataques a hospitales, escuelas, redes de agua y electricidad formaron parte de una «política deliberada» de destruir Gaza como espacio habitable. Para un historiador del nazismo, concluye Herf, es una afirmación sorprendente, sin razón alguna para tomarla en serio. Tampoco discute el libro los argumentos de los abogados israelíes ante la Corte Internacional de Justicia ni el extenso estudio del Centro Begin-Sadat sobre las acusaciones de genocidio, del verano de 2025, que cuestiona además la fiabilidad de las cifras del ministerio de Salud de Hamás. Un historiador que formula esa acusación estaría obligado, dice Herf, a enfrentarse con ambos.

Hamás, la guerra y sus condiciones

Herf sostiene que Bartov describe el 7 de octubre de manera «inadecuada y lacónica» y minimiza las intenciones de Hamás como causa de la guerra. La Carta de 1988 y numerosas declaraciones posteriores proclaman el propósito de destruir el Estado de Israel, y la oposición de Hamás se dirige a esa existencia, no a una política concreta en Cisjordania o en Gaza. Herf recuerda que el propio Bartov había escrito en 2004, en The New Republic, que los líderes de Hamás, como Hitler, decían lo que pensaban. Recuerda también los paralelos que el analista israelí Michael Milshtein trazó entre las unidades Nukhba y los Einsatzgruppen, un vínculo que Bartov, especialista en esos escuadrones, no reconoce.

Omer Bartov.

El tratamiento del «asedio» recibe una crítica similar. Herf apunta que Hamás instauró una pequeña dictadura en 2007, aplastó a sus rivales de la Autoridad Palestina y recibió cientos de millones de dólares de Qatar y de la ONU, y que el bloqueo resultó lo bastante poroso para permitir la construcción de la red de túneles más formidable de la historia militar moderna. Bartov califica de «indiscriminada» la destrucción, pero omite los miles de llamadas y mensajes con que el ejército israelí advirtió a los civiles, aun a costa de perder el factor sorpresa, y la estrategia de Hamás de combatir desde hospitales, escuelas y viviendas, sin refugios para la población, con la disposición a aprovechar propagandísticamente las muertes civiles. Es llamativo, añade Herf, que un especialista en ejércitos no dedique ni una página a las realidades del combate urbano y que el libro no mencione Siria bajo Assad como ejemplo de lo que es una guerra realmente indiscriminada.

Memoria de la Shoá y 1948

Una de las tesis que más eco ha encontrado, según Herf, es que Israel usa la memoria del Holocausto como coartada moral, como una «hoja de parra» que justifica sus políticas. Herf ve en ello un diagnóstico psicológico colectivo, casi una psicosis nacional, atribuido a «la mayoría de los israelíes». El libro calla los temores reales de la sociedad israelí: las guerras de 1967 y 1973, la campaña terrorista de la OLP, la hostilidad de Irán, Hezbolá y Hamás, con sus miles de muertos y heridos. Esos temores responden, escribe, a bombas y balas reales, y nada deben a la memoria de Auschwitz.

En una entrevista publicada en mayo de 2026 por el diario alemán Frankfurter Rundschau, sin embargo, Bartov defiende justamente la tesis que Herf rechaza: sostiene que la última confrontación en que Israel corrió un riesgo existencial real fue la guerra de 1973, que los palestinos dominados desde 1967 no representan una amenaza de ese tipo, y que aun así el Holocausto se invoca una y otra vez para legitimar la ocupación. La discrepancia entre ambos historiadores no se limita entonces al libro: llega hasta el modo en que cada uno entiende el peligro que hoy enfrenta Israel.

Algo parecido ocurre con 1948. Bartov habla de la expulsión de 750.000 palestinos y de un entrelazamiento inextricable entre Shoá y Nakba. Herf replica que Benny Morris, Ephraim Karsh y otros historiadores israelíes han mostrado que hubo una guerra iniciada por la dirigencia palestina, ampliada por la invasión de cinco Estados árabes y perdida por ambos, con miles de desplazados como ocurre en toda guerra, pero sin un plan de expulsión de tal magnitud. En el relato de Bartov no hay agencia árabe ni palestina, ni rechazo armado de la resolución de la ONU, ni racismo ni antisemitismo.

En la misma entrevista, Bartov reconoce sin reparos que la dirigencia palestina y árabe rechazó el plan de partición de la ONU en 1947, y llega a decir que, visto en perspectiva histórica, ese rechazo fue «quizá un error». El reproche de Herf sobre la ausencia de agencia árabe describe entonces mejor al libro que a las declaraciones posteriores de su autor.

Perder una guerra, añade Herf, es una desgracia, pero la derrota palestina admite comparación con la Shoá solo a costa de una tergiversación histórica, y perder un conflicto que los propios dirigentes desencadenaron no convierte al vencedor en agente de una injusticia.

Antisemitismo, colonialismo y Alemania

En el capítulo sobre el antisemitismo, Herf considera que Bartov exhibe desconocimiento de la bibliografía. Su afirmación de que las raíces del antisemitismo están «siempre» en la derecha ignora una tradición de antisemitismo de izquierda que va de Voltaire y Marx a Stalin y a las purgas «anticosmopolitas», con sus consecuencias de arrestos y ejecuciones y décadas de propaganda antisionista y antisemita en el bloque soviético. Ignora también la vasta investigación sobre el antisemitismo islámico e islamista, desde los Hermanos Musulmanes de los años treinta hasta Husseini, Qutb, Jomeini, Qaradawi y Jamenei, así como los estudios recientes sobre actitudes de algunos refugiados musulmanes en Europa. Para Herf, cualquier historiador serio del antisemitismo sabe que el odio se presenta en versiones de derecha, de izquierda e islamista.

De ahí su reproche al rechazo bartoviano de la definición de la IHRA, presentada como imposición israelí. Herf recuerda que su principal autor fue Yehuda Bauer, historiador liberal de la Shoá, y que para julio de 2025 esa definición había sido adoptada por cuarenta democracias, según sus propias palabras, aunque la lista que él mismo ofrece en nota al pie suma en realidad cuarenta y seis países. También cuestiona la lectura de las protestas universitarias, cuyos participantes coreaban en su gran mayoría consignas como «Palestina libre, del río al mar», que en ese contexto expresaban, según Herf, apoyo a los fines de Hamás.

Sobre el vínculo entre el Holocausto y el colonialismo, Bartov invoca un «consenso académico» que insertaría el exterminio de los judíos en una serie de genocidios modernos, con el de los herero y los nama como precedente. Herf sostiene que ese consenso no existe. Reconoce que la política nazi en Europa oriental tuvo rasgos de imperialismo racial continental, pero recuerda que la mayoría de los historiadores del Holocausto atribuye el plan de aniquilación a la profunda radicalización de un odio antijudío secular, su racialización desde el siglo XIX y la crisis política y económica de la Alemania posterior a 1918.

La acusación colectiva

Herf dedica una parte importante de su crítica al tono. En el capítulo «Sobre la matanza de niños», Bartov denuncia una «extraordinaria indiferencia» de los ciudadanos israelíes y llega a atribuirles una «preocupación pornográfica» y autocomplaciente por su propio sufrimiento. Herf ve en ello una forma de culpa colectiva que un historiador evitaría aplicar a estadounidenses, británicos o alemanes. Le parece además desmentida por las manifestaciones semanales de miles de israelíes contra la conducción de la guerra y por la crítica constante de la prensa, empezando por Haaretz. Añade que esas frases demuestran incomprensión de lo ocurrido el 7 de octubre, con familias asesinadas en sus casas y grabaciones difundidas por los propios agresores.

En el libro, Bartov cita a Herf y a Norman Goda, autores de un artículo en The Washington Post en 2025 contra el uso del término genocidio, y les atribuye una tendencia a devolver los estudios del Holocausto a una empresa «puramente judía» de memoria e identidad. Herf responde que Goda y él, ambos judíos, se reconocen herederos de una comunidad académica de judíos y no judíos que combinó particularismo y cosmopolitismo, y sostiene que la fórmula de Bartov lo convierte en el «buen judío» abierto al mundo frente a los «malos judíos» que se repliegan en un gueto intelectual.

El veredicto

El libro concluye con una serie de vaticinios: Israel será un Estado paria, su «apartheid» se derrumbará como el sudafricano bajo presión de sanciones y boicots, y el futuro estará en una confederación de israelíes y palestinos que sustituya al proyecto sionista. Herf reprocha a Bartov haberse erigido en juez y jurado tras un libro de acusaciones sin sustento.

Herf deja –por suerte– de lado la pregunta de si Bartov es antisemita, aunque señala su rechazo del sionismo, y se concentra en si sus argumentos son verdaderos o falsos y, en caso de serlo, en si el libro reelabora con habilidad la acusación más antigua del antisemitismo: la de un pueblo inclinado por naturaleza a matar inocentes, presente desde la Crucifixión y las narraciones coránicas sobre los profetas asesinados hasta los libelos de sangre y las teorías conspirativas modernas, y que culminó en la propaganda nazi sobre un judaísmo internacional empeñado en exterminar a los alemanes. La acusación de genocidio contra Israel debe entenderse, en su lectura, dentro de esa historia. Su objeción a Bartov se funda en la falsedad de sus argumentos, y su convicción es que esa falsedad, repetida, alimenta el antisemitismo y la hostilidad hacia Israel.

Herf teme que el libro contribuya a volver respetable el odio a Israel en las aulas, las redacciones, los centros de estudios y los partidos políticos, y reconoce que las primeras reacciones sugieren un posible éxito comercial. Su esperanza es que la estrategia de aprovechar su prestigio como estudioso de la Shoá fracase y que lectores más exigentes se pregunten qué ha ocurrido con Omer Bartov.