Causa AMIA:
La impunidad está suelta
El tránsito se desplazaba con la pesadez habitual, ese lunes de invierno de 1994. En la calle Pasteur al 600 un edificio antiguo, con rasgos de modernidad, concentraba la incipiente actividad tradicional. En la AMIA, la mutual judía, hay gente que hace trámites por un familiar muerto, o busca empleo en la bolsa de trabajo, o solicita ayuda. Son las 9 y 52 de ese lunes 18 de Julio. Alguien va en busca de un café, una madre se encuentra con su hijo, la recepcionista intenta dibujar una sonrisa que oculte el estado de ánimo de un lunes, un anciano se dirige hacia la biblioteca. Son las 9 y 52 y la vida se despereza con la lentitud del primer día laborable. Solo falta un minuto para que el horror fiche su presencia. La estrecha frontera entre la vida y la muerte se consumen en sesenta segundos. Las manecillas del reloj avanzan inexorablemente. El coche – bomba, o las bombas van a estallar. Son las 9 y 53 minutos. El estruendo, la perplejidad, la sorpresa, el dolor, la muerte, quedan apresados entre el cemento derrumbado y los hierros retorcidos de la AMIA.
Son las 9 y 53 del 18 de Julio de 1994…