Después del asesinato de Itzjak Rabín, los primeros ministros que le siguieron, Shimón Peres, Binyamín Netanyahu, Ehud Barak, Ariel Sharón y Ehud Olmert prefirieron no pronunciar mensajes claros: la incitación a la violencia, los palestinos, Hamás, Siria, Hezbolá, decretos financieros y presupuestos de seguridad, se dejaron de lado. La ambiguedad es poder; el silencio garantiza victoria. Tres de los mencionados cubrieron el período de sus gobiernos con un manto de penumbra.
Durante largos años escuchamos de sus bocas el mismo mensaje: «Esta es una de las épocas más difíciles de nuestra historia», omitiendo siempre qué deberíamos hacer para salir de ella, qué pretende su gobierno, y porqué. Sólo de algunos asuntos – Irán y su proyecto nuclear o la lealtad a Israel – sobre los cuales no conviene expresarse en exceso, hablaban y hablan hasta quedarse sin aliento y no descartan ninguna opción operativa.