Eran otros tiempos. Siria se encontraba aislada. Estaba bajo la amenaza de una invasión norteamericana por colaborar con la «insurgencia». Su presencia en El Líbano, mediante un régimen policiaco dirigido desde Damasco, se hacía cada día más intolerable. Assad calculó mal sus fuerzas cuando aprobó el asesinato del dirigente sunnita moderado Rafik Hariri. La indignación llevó a los libaneses a manifestarse en la calle, mientras que Francia y Estados Unidos decidían ignorar sus malas relaciones para establecer una acción conjunta, animada por los grupos libaneses en el exilio.
El Consejo de Seguridad adoptó una posición firme y Assad se vio obligado a retirar sus tropas y dejar paso a un ensayo democrático en El Líbano, con el respaldo de sunnitas, drusos y cristianos. Había sido una humillante derrota.