La última guerra en el Oriente Medio entre Israel y Hezbollah ha vuelto a confirmar lo que ya era evidente: la Organización de las Naciones Unidas ha caducado, está enferma e impotente y esa impotencia es mortalmente peligrosa para la paz.
Desde hace tiempo se debate la necesidad de reformar este organismo internacional en el sentido de imprimirle un nuevo impulso, pero hasta hoy se ha hecho poco y nada.
Lo único que puede hacer esa organización burocratizada hasta la médula, llamada a mantener la paz, es el papel de la Cruz Roja, y además de manera muy precaria. Desde hace demasiados años, la ONU no hace nada para prevenir conflictos, ni buscarles solución; sólo se limita a suministrar ayuda humanitaria a los damnificados una vez aplacadas las pasiones.
Todas sus resoluciones referentes a conflictos regionales o internacionales, son sólo declaraciones, puras declaraciones, es decir, no resuelven nada y permiten a los asesinos continuar cometiendo homicidios y a los violentos, seguir practicando actos de violencia.