La política está devaluada. Las campañas electorales son un testimonio. De instrumento insustituible para cambiar a la sociedad ha devenido, en el período previo a las elecciones, en una larga retahíla de descalificaciones y slogans diseñados por los publicitarios.
El origen de este vaciamiento debe buscarse en que la política ha quedado rehén de la economía. Los políticos, durante décadas, han pasado a ser prisioneros -en el mejor de los casos- de los sectores concentrados de la economía y, en el peor, sus representantes. Llegan con los votos de las mayorías y claudican ante una relación de fuerzas extremadamente desfavorable. Las promesas se evaporan y el pragmatismo termina enarbolando la claudicación como lo único posible.