La generalizada desconfianza, los estereotipos, el odio, la xenofobia, la descalificación y la agresión hacia “el otro” -ya sea judío, musulmán, negro, inmigrante, latino, homosexual, trans, etc.—, que se comienza a permitir, tolerar, excusar y habilitar desde las más altas esferas del poder, jamás augura bien para la comunidad judía. Además de ir esencial y categóricamente en contra de cualquier valor y enseñanza judía, faculta que –sin afán de ser alarmista- una vez más los judíos puedan convertirse en los chivos expiatorios de siempre. De hecho, desde que Trump asumió la presidencia, ha habido una serie de ataques a cementerios judíos, amenazas de bomba a centros comunitarios, y un aumento significativo de grafitis antisemitas y suásticas. Vale recordar que durante su campaña electoral, Trump se refirió repetida (e irónicamente dado su propio origen) a las “élites financieras” como los mayores enemigos de la clase blanca trabajadora a la que él pretendía representar, mostrando fotos de varios financistas de origen judío. Y muchos de sus colaboradores se sienten suficientemente cómodos, toleran y hasta han difundido abiertamente afirmaciones antisemitas que Trump no ha condenado, ni oportunamente, ni con la suficiente precisión, fuerza y argumento.
Por Victoria Wigodzky y Jonathan Wheeler *