Una de las campañas más notables en el marco del ataque de Hamas fue la de cuatro diseñadores y artistas israelíes, autores de afiches con los rostros de las personas secuestradas. Los posters son presentados como parte de una “guerrilla pública de arte callejero”: interpelan la atención de los transeúntes invocando la presencia de las más de 220 personas abducidas por el grupo terrorista. La campaña fue exitosa: los carteles aparecieron empapelando ciudades de todo el mundo y traducidos en diversos idiomas.
Sin embargo, otra respuesta a la campaña reveló un gesto que caracteriza la dinámica relacional imperante. No hablamos de la empatía que implica descargar afiches de una persona desaparecida y salir a pegarlos, sino de quien se organiza para arrancarlos. Más aún, de quienes rediseñan los posters y reemplazan la palabra “secuestrado” por “ocupante”, o bien, que pegan encima consignas como “Palestina libre” o fotos de palestinos con una leyenda que dice “asesinado”.