
Israel: del tropezón a la caída
Un elefante que se niega a volar
Todas las semanas teníamos, en el kibutz, una noche de cine.
Estamos hablando de los años setenta-ochenta del siglo pasado; un proyector de películas de 35 milímetros en celuloide, estaba instalado en una cabina de fabricación casera, una caja de madera terciada que albergaba al aparato y rollos fílmicos, algunos de ellos de larga data.
Sabíamos –los espectadores y el kibutz todo- que aquella cabina era un experimento provisorio. En cualquier momento, ante cualquier descuido, la caja cedería al peso del aparato.
Si el lector de estas líneas osará preguntar sobre la lógica de aquella situación, rechazaremos ese interrogante capcioso. La idea era gozar de la proyección; en algún futuro, alguien se preocuparía de una estrategia tecnológica más adecuada.
Un buen día, más precisamente una noche, momentos antes de la exhibición, la cabina se desmoronó. La «Roma» de Fellini se desenrolló alfombrando la sala. El proyector –un Eastman Kodak modelo 1961- se derrumbó, haciéndose añicos. Los espectadores nos miramos estupefactos, incrédulos.








