Opinión de Beatriz Gurevich:
“Escribo porque, a pesar de todo, confío”
En un espacio-tiempo en el que la moral dejó de ser un territorio significativo para convertirse en una suma de enunciados banales, re-encarrilar las prácticas instituidas por las organizaciones judías centrales, en la segunda mitad de la década de 1990, requiere de una importante dosis de grandeza y de coraje, por parte de los actores responsables.
Los ataques terroristas contra la Embajada de Israel en Buenos Aires y, sobre todo, el acto contra la sede de la AMIA, en 1994, despejaron el camino de aproximación al Poder nacional para los directivos de las instituciones centrales de la comunidad judía. Nunca antes, ni siquiera los dirigentes de la OIA -en tiempos del primer Gobierno de Perón- lograron una interlocución tan fluida con las autoridades nacionales. Pero el tipo de relación que se estableció entre los actores comunitarios y los actores políticos nacionales no dio los frutos esperados.