Se cumple un año de la asunción de Javier Milei como inesperado presidente de la nación. Los balances están a la orden del día. Los aspectos centrales de su programa económico extremo -el ajuste sobre los sectores populares en general, y sobre los jubilados en particular-, la cruzada emprendida contra el sistema público universitario y el financiamiento a la investigación científica, la muñeca política para ir ganando aliados a partir de una representación parlamentaria exigua, el manejo disonante de la política exterior, y la popularidad que le otorgan algunos encuestadores y medios de comunicación, son los focos cenitales puestos sobre el presidente y su gobierno. Esta columna, en cambio, repasa el péndulo de Milei con el judaísmo: por momentos central en su discurso y práctica, por otros relegado a la papelera de reciclaje de su inestable identidad.