Desplegada en diferentes grados, la violencia social -tanto física como simbólica- se extiende por distintos ámbitos e interacciones. No sólo se encarna en actos, sino que también se manifiesta en discursos que postulan que la construcción del espacio social sólo es posible a partir de la exclusión del otro, el cual es rebajado en su capacidad de pensar, sentir y actuar. Un presidente que, con diatribas o dibujitos de dudosa estética generados mediante inteligencia artificial trata de “imbéciles” o “zurdos inmundos” a aquellos que no piensan como él, legitima desde el poder prácticas que el plexo normativo obliga a combatir. Y aunque si bien hay gradientes entre hechos recientes como el triple lesbicidio de Barracas, los jóvenes “matapobres” que dispararon balines de plástico contra personas que duermen en la calle, y una hinchada de futbol que, escudada en el “folclore” prometía matar rusos, el odio se despliega por el tejido social, al ritmo de una profunda crisis económica y de representación.